Vicente Aleixandre, cartas a Jaime Siles

Jaume d'Urgell – Madrid, 22 de febrero de 2007 – Reproducción libre de derechos.

El jueves 22 de febrero de 2007, se presentó en el Ateneo de Madrid, un libro- recopilación de la correpondencia enviada por el Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre a Jaime Siles. De poeta a poeta, a través de los años y en múltiples localizaciones, se fue deshilvanando el reflejo sencillo de uno de los más grandes Maestros de la cultura en lengua castellana.

Todos los días ocurre algo en la casa de la ciencia, las letras y el arte, más no es frecuente hallar jornadas tan memorables como la de ayer. El pretexto: la presentación de un libro, mas no de uno cualquiera, no era uno de esos, de cosas banales o efímeras, ni siquiera de los de ocasión seudoilustrada. No, el de ayer era un epistolario muy especial, por tratarse de la correspondencia habida entre dos de los mejores árcades que ha dado esta península de sueños y miedo en que habitamos.

El autor, un sevillano del S. XIX, fue un tipo cordial, sencillo, de izquierdas –dicen–, quien a pesar de todo y de todos, optó por permanecer en estas tierras, incluso tras la victoria del golpe de Estado cuyo efecto más visible todavía hoy corona el monopolio del terror.

Pero volvamos al poeta… era una de esas personas que acarician, lloran, sueñan, corretean y saltan por escrito… alguien que jamás dejaba pasar un mes sin escribir una misiva. No faltará quien afirme que se trataba de mera deformación profesional, pero yo me inclino a pensar que nos encontramos ante un héroe de la amistad, un creador que se carteaba con un buen número de colegas que hoy dan fe de una personalidad que rebasa los límites de esta columna.

Mas, de todos cuantos recibían las cartas del poeta, hay alguien muy particular, alguien a quien le cupo el privilegio de saberse destinatario de aquel poeta por más de 15 años. Me refiero a Jaime Siles –el también poeta–, consignatario de excepción, que tuvo el placer de saborear en primera persona, tan cercana lejanía, un resplandor intermitente a través de fascículos de alegría, textos sobrios, por los que se reconoce a los verdaderos maestros. Formas austeras para un vocabulario afortunado, señal inequívoca de quienes dicen lo que piensan y hacen lo que dicen.

En efecto, Jaime Siles anduvo ayer por el Salón de Actos de la Docta Casa y dio buena cuenta de los escritos de su amigo, aquel poeta que ya pocos recuerdan, a pesar de ser autor de obras como Ámbito, Espadas como labios, La destrucción o el amor, Pasión de la tierra, Sombra del Paraíso, En la Muerte de Miguel Hernández, Mundo a solas, Poemas paradisíacos, Nacimiento último, Historia del corazón, Ciudad del Paraíso, En un vasto dominio, Retratos con nombre, Poemas de la consumación, Poesía surrealista, Sonido de la guerra, Diálogos del conocimiento, Tres poemas seudónimos o En gran noche, entre otras.

Aquel poeta de los de la llamada Generación del 27, repuso ayer el Ateneo de Madrid en su emplazamiento original, que no es Montera 22, ni siquiera Velintonia 3… sino el justo lugar que corresponde a la morada de Galdós y Moret, de Larra y Sagasta, de Abellán y Martos, como antes fuera de Calíope y Martí, Azaña y Pericles, de Unamuno, y de tantos otros, imposibles de olvidar.

Hacía tiempo que nuestro Ateneo no brillaba con la intensidad de la que ayer hizo gala. De la mano del presidente de la Sección de Literatura, el ubicuo e incansable Alejandro Sanz, sin cuyo concurso jamás habría tenido lugar semejante acto de justicia histórica, tuvimos ocasión de asistir a una velada en la que la ética se fundía con la estética, para componer unidas, palabras que hablaban de amistad, de la humana capacidad para el asombro y así redescubrir al Maestro olvidado, aquel poeta, amigo de Cernuda, de Alberti, de Lorca, Darío, Machado, Jiménez, Prados, Alonso, Altolaguirre y como no, amigo también del propio Siles.

Hacía tiempo –repito–, que no asistíamos a un evento como el de ayer, en el que cerca de doscientas personas flotaron al compás de los versos de Javier Lostalé, que parecía llegarnos desde el interior mismo las paredes de la Institución. Mas, no era Javier, ni los cerca de dos siglos que le precedían quien saciaba nuestra sed de vértigo… era la seguridad de sabernos en el corazón de un lugar cuyo ciclo no ha concluido, porque mientras existan personas sencillas, como aquel supuesto malagueñito que se entretenía leyendo a Góngora, mientras existan personas como aquel poeta, nuestro Ateneo seguirá adaptándose al plumier de cada época, nutriéndose de la misma fuerza que lo hizo nacer… y no solo permanecerá, sino que seguirá creciendo y ‘deformándonos’, como alguien acertadamente se atreviera a revelar.

Aquel poeta de la “O” mayúscula, el de Los encuentros, aquel que no rehusó asumir riesgos durante la época de la oscuridad… el apasionado de la tierra, el abogado que fluyó de la métrica más irracional a los versos más ligeros, se ve hoy reducido a ser un desconocido en casa propia.

Pocos recuerdan a VicenteVicente sí, que así se llamaba–. Aquel poeta, que hace 30 años recibiera el Premio Nobel de Literatura, el mismo Vicente a quien se otorgara el Premio Nacional de Literatura poco después de restablecerse la democracia. Vicente, a quien se concedió el Premio de la Crítica en 1963, por En un vasto dominio, y de nuevo en 1969, por los inolvidables Poemas de la consumación.

Recordamos a Pablo, y también a Gustavo Adolfo –como no–, recordamos a Ramón María y también a Rafael… pero pocos recuerdan a Vicente. Aleixandre, una de las siete personas nacidas en España, a las que alguna vez se haya concedido el Premio Nobel.

Aquel poeta fue Vicente Aleixandre, el entrañable maestro de los poetas, el joven intemporal que plasmó su fuerza en los libros, su talento en las aulas y su amistad en las cartas… cartas, como las que hoy se recogen en esta flamante recopilación, titulada “Vicente Aleixandre, cartas a Jaime Siles”, que nos presenta la hispanista argentina Irma Emiliozzi. Un placer, no solo para los sentidos. Un verdadero capricho para los más refinados gourmets del alma.

El de ayer fue uno de los primeros actos que se celebrarán para conmemorar el 30.º aniversario de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Vicente Aleixandre, injustamente condenado a un segundo plano por las perversiones de un sistema editorial que demasiadas veces antepone el afán de lucro al disfrute de la belleza, llegando a comprometer el interés general en materia de patrimonio lingüístico.

En este sentido, señalar el sonoro tirón de orejas propinado por Alejandro Sanz a las autoridades públicas implicadas en la incomprensible desidia que rodea la gestión de la casa situada en el número 3 de la madrileña calle Velintonia, la misma que sirviera de morada para el poeta, y la que fuera punto de encuentro para buena parte de los creadores literarios del Siglo XX.

Alejandro Sanz –a la sazón presidente de la Asociación de amigos de Vicente Aleixandre–, no dudó en señalar con nombres y apellidos a los responsables políticos cuya mala gestión puede conducir a la pérdida del lugar que debería ser patrimonio irrenunciable de la Cultura. En su contundente alocución, citó a la actual ministra de Cultura, la socialista Carmen Calvo, y a la presidenta y el alcalde de Madrid, los populares Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón, respectivamente, de quienes se destacó la incapacidad para el entendimiento, en un asunto que por su interés, debería quedar excluido de eventuales vericuetos partidistas, sean del signo que fueran.