ATENEO DE MADRID PRADO, 21 - 28014 - MADRID TELS. 429 17 50 - 429 62 51 EL PRIMER ATENEO 1820-1823 Alberto Gil Novales N.º 1 MAYO 1986 Gráficas Andemi Juanita, 11 - Depósito legal: M- 24161-1986 El primer Ateneo: 1820-1823 Quiero, en primer lugar, agradecer a los organiza- dores de estas conferencias que me hayan invitado a tomar parte en ellas, no sólo por la importancia objeti- va que ya van teniendo, sino por razones de carácter íntimo, biográfico, autobiográfico: mi relación con el propio Ateneo. Creo que lo primero que hice cuando, hace ya más de treinta años, llegué a Madrid fue ir al Rastro a comprar libros (el primero que compré fue uno de Luis Araquistain sobre El peligro yanqui); y lo segundo, pero lo primero en día hábil, hacerme socio del Ateneo, donde en aquella sala de pantallas deci- monónicas, en pleno franquismo y sin protesta de na- die, me di el gusto de leer a Voltaire: aspiración de adolescencia. A pesar de los pesares, todavía el Ate- neo seguía siendo la "casa de la libertad", como lo fue en sus orígenes, en el siglo XIX: y de esto, por genero- sidad de la actual Dirección, voy a hablar hoy. El Ateneo español, el primer Ateneo, se fundó en abril de 1820, sin que pueda yo ahora precisar el día. Se fundó en un principio como una Sociedad patriótica y literaria, y sus actividades van a ser por ello políticas y culturales. Probablemente no tenía local propio, sino que, como otras sociedades patrióticas, celebraba sus sesiones en un café; por lo menos yo no he encontra- do mención de ningún domicilio particular, y sí en un texto de Barcelona, de agosto de 1820, se dice que el Ateneo de Madrid celebra sus sesiones en los cafés. 3 Sea como sea, la primera vez que encuentro el nombre del Ateneo públicamente es con motivo de la llegada a Madrid del general D. Felipe Arco-Agüero, uno de los héroes del alzamiento de la Isla: el 19 de abril de 1820 el Ateneo decide recibirlo por medio de una delegación, compuesta de su presidente, D. José Guerrero de Torres, y de los socios marqués de Ce- rralbo, Santiago Jonama, Juan Palarea y José de He- ceta, quienes nombran socio del Ateneo a Arco- Agüero. Ya los nombres de los componentes de esta dele- gación nos sorprenden extraordinariamente, porque, vistos con la distancia que nos da el tiempo, hay entre ellos abismos infranqueables, abismos políticos, se entiende, pero también de vocación vital. El Ateneo va a ser un lugar en el que será posible la convivencia de personas temperamental y políticamente diferentes, y aun contrarias. Poco he podido averiguar de Guerrero de Torres, pero los demás reúnen títulos muy notables: el Mar- qués de Cerralbo se llamaba Fernando Aguilera Con- treras, y había sido embajador extraordinario cerca del rey de Sajonia con ocasión del matrimonio de Fernan- do VII con M.ª Amalia, cuyos gastos sufragó de su bol- sillo, así como los de la traída de la Princesa a Espa- ña; en diciembre de 1820 fue nombrado jefe político de Madrid, cargo desde el que combatió a las socieda- des patrióticas, pero no al Ateneo, por la distinción de que después hablaremos. En 1821 figura en el Anillo, Sociedad semisecreta, formada por aristócratas y al- tos burócratas, que intentaba la transformación de las instituciones liberales españolas en instituciones oli- gárquicas. Originada por la Revolución de 1820, duró hasta 1823, y de nuevo renació en 1834, bajo el nom- bre de Sociedad Jovellánica Cerralbo. En 1823, en el momento de la invasión de Angulema, es uno de los firmantes de la Exposición de la Grandeza de España, ofreciéndose servilmente al invasor. 4 El caso de Santiago Jonama es casi antitético con el anterior: empleado, periodista, con experiencia co- lonial española y puestos diplomáticos en Europa, se reveló en 1806 como uno de los más importantes lin- güistas españoles, al publicar su Ensayo sobre la dis- tinción de los sinónimos en la lengua castellana. Al mismo tiempo adoptó muy pronto posiciones políticas, que le llevan de la Ilustración al liberalismo, pero su creencia diríamos neutra de 1820 de que la Constitu- ción convenía a todas las clases sociales del Estado, se vio sustituida rápidamente, influido por los aconte- cimientos, por una militancia exaltada y comunera, que le llevó en 1823 a morir en un calabozo, víctima de la represión de los moderados -no de los absolutis- tas-. Juan Palarea es el famoso guerrillero de la gue- rra de la Independencia, llamado "El médico", por ser estudiante de Medicina cuando empezó la guerra; co- nocido durante ella por su clemencia -rara avis- con los prisioneros. Militar durante el Trienio, diputado, jefe político, se hizo del Anillo y pasó de él a la Comu- nería, cosa rarísima, probablemente para deshacer este movimiento desde dentro. Entonces, en 1823, se ganó el apelativo poco envidiable de Laso traidor. Mu- rió en 1842 en la cárcel, en donde se hallaba por com- prometido en la insurrección de Diego de León. José de Heceta es el famoso Coronel Peseta, bestia negra de El Zurriago. Militar durante la Guerra de la Inde- pendencia, de notoria conducta antiliberal durante el Trienio, en 1834 lo encontramos en Calcuta, interesa- do en cuestiones de comercio. Vuelto a España se en- trevista con Espartero en 1839 -enviado por el partido moderado-; se subleva contra él en 1843 y ya briga- dier, lo encontramos de represor del motín del pan de Sevilla de 7 de mayo de 1847: toda una alhaja. Todos éstos, de vida tan diferente, son ateneístas en abril de 1820, con el liberalismo recién estrenado. Un mes después, el 14 de mayo de 1820, aprueba sus Estatutos el Ateneo, y los publica a continuación. 5 "Sin ilustración pública no hay verdadera libertad: de aquélla dependen principalmente la consolidación y pro- gresos del sistema constitucional y la fiel observancia de las nuevas instituciones. Penetrados de estas verdades varios ciudadanos celosos del bien de su Patria, apenas vieron felizmente restablecida la Constitución de la mo- narquía española, se propusieron formar una sociedad patriótica y literaria, con el fin de comunicarse mutua- mente sus ideas, consagrarse al estudio de las ciencias exactas, morales y políticas, y contribuir, en cuanto estu- viese a sus alcances, a propagar las luces entre sus conciudadanos. Tales son el origen y el objeto del Ateneo Español. Le han dado este nombre porque ningún otro expresaría con más propiedad el lugar donde hombres, ansiosos de saber y amantes de su libertad política y civil, se reúnen para adelantar sus conocimientos, difundirlos y cooperar de este modo a la prosperidad de la nación" (Estatutos, 1820, p. 1). Discutir tranquila y amistosamente representacio- nes legales a las Cortes y al rey, propagar los conoci- mientos útiles, son el cometido ateneista. Cada socio paga 36 pesos fuertes anuales. Hay 300 socios. Todo socio puede presentar un extranjero, como oyente por un mes. Y un forastero durante quin- ce días. Junta, casa, biblioteca, archivo. Se permitirá la presencia en las sesiones de dos o tres periodistas acreditados. Firman los Estatutos Guerrero de Torres, como presidente interino; José Heceta, Saturnino Montojo, consiliarios. Saturnino Montojo y Díaz, alférez de fra- gata en 1815, inaugurará la cátedra de Física del Ate- neo, pertenecerá a la Comisión Central de la Carta Geográfica de España, tomará parte en las últimas etapas de la guerra de Independencia de América del 6 Sur y será nombrado en 1829 astrónomo del Observa- torio de San Fernando. Se trata de un hombre de cien- cia importante, el segundo que hemos encontrado en este rápido recorrido por el primer Ateneo. Otros firmantes incluyen al diplomático Angel Cal- derón de la Barca, que será Ministro de Estado en 1853; a Martín de Goicoechea, consuegro de Goya; Santiago Jonama, Joaquín Carrión, que será conseje- ro de Estado y magistrado del Tribunal Supremo; el importante político donostiarra Claudio Antón de Luzu- riaga (n. en 1792); los Flores Calderón (Manuel será secretario de la Dirección General de Estudios), José de Palafox, José Pizarro, el matemático Mariano Valle- jo, Alcalá Galiano, el Duque de Frías, Don Bernardino Fernández de Velasco, poeta y embajador, del Anillo en 1821, etc., etc. En julio de 1820 el Ateneo representa, como So- ciedad Patriótica, en favor de los hermanos Aguilera, guardias de la Real Persona, de la familia Cerralbo, que habían sido objeto de un abuso de autoridad por parte de su jefe, Marqués de Castelar. Y el 20 de agosto de 1820 celebra su primera se- sión pública: hablaron Martín de Foronda sobre la utili- dad de las Sociedades Patrióticas y literarias -tema muy del momento- y sobre el influjo del bello sexo en las costumbres y en las instituciones; Santiago Jona- ma sobre la prueba por jurados, y José Joaquín de Mora el famoso periodista, poeta y académico, leyó una epístola al bello sexo, en versos sueltos. Un mes después en septiembre, el Ateneo aprueba y publica su Reglamento científico, obra de una comi- sión compuesta por Manuel Flores Calderón, Jaime Pons y Mornau, José Guerrero de Torres, que ya no es presidente, y Mariano Lagasca, el célebre naturalista. Las premisas intelectuales de este Reglamento re- montan por una parte a Rousseau, sin citarlo, y a la propia experiencia de la ciencia en España durante el siglo XVIII, es decir, al fracaso de las Academias, que 7 llevaría a las Cortes a decretar su disolución, aunque el decreto, naturalmente, no se cumplió. El Ateneo se presenta así como una auténtica Academia de Cien- cias y Letras, que supla, además, con vigor moderno las carencias de las Universidades. Su objeto, dicen, es "propagar las luces y generalizar la Instrucción". "Las naciones obran siempre como los hombres que las componen: sus acciones dependen respecti- vamente de la voluntad general o particular que las or- dena y de las ideas que han prevenido esta misma vo- luntad". El Ateneo expresa su voluntad política de de- dicarse a preparar la voluntad general, es decir, la ley, y con ella la acción de los gobiernos. Al hacer ciencia no trata de construir entelequias, sino contribuir a la gobernación del Estado. "La libertad ha excitado nuestro celo y ella nos ha reunido. Es preciso, por consiguiente, dejar también a los talentos toda la libertad necesaria para que pue- dan extenderse por el inmenso y variado país de los conocimientos humanos, fijándose en aquellos puntos que les sean más conocidos o más agradables". Pero, para vergüenza de la especie humana, hay escritores prostituidos, vendidos a los opresores, etc. Frente a ellos el Ateneo se siente "falange inexpugna- ble de la razón". Y no se olvida de preconizar la edu- cación de las mujeres, tema ilustrado en España y fuera de ella. Estos presupuestos requieren una clasificación de las ciencias, que el Ateneo sistematiza en seis clases: 1.ª Cosmología, Cosmografía, Zoología, Botánica, Mineralogía, Meteorología, Química y Física general (es decir, Ciencias descriptivas y de clasificación). 2.ª Anatomía, Fisiología, Medicina, Ideología, Gra- mática Universal, Educación, Moral Universal, Legisla- ción, Historia y Cronología (Ciencias del hombre). 8 3.ª Aritmétrica, Algebra, Geometría, Mecánica, Astronomía, Optica, Cálculo de probabilidades, Artes físico-matemáticas o ciencias prácticas (Ciencias ma- temáticas y físico-matemáticas). 4.ª Artes mecánicas: alimentarse, vestirse, alojar- se, armarse; artes nacidas del trabajo y del empleo del hierro, del oro, del vidrio, etc. 5.ª Bellas artes y letras: dibujo, pintura, grabado, escultura, poesía, música, idioma de acción, elocuen- cia y arqueología. 6.ª Verdadera metafísica y verdadera filosofía, o análisis universal. Es la ciencia que resulta de todas las ciencias y de todas las artes que la sirven de base, y de las que también es reguladora (Reglamento cien- tífico del Ateneo español, M. 1820). Pero el 15 de octubre de 1820 aprueban las Cortes el art. 1 de una ley, por la que se suprimen las Socie- dades Patrióticas aunque en los arts. siguientes que- darán resucitadas. El Ateneo les dirige el 22 una ex- posición, en la que pregunta si también su instituto queda suprimido. Varios diputados, y muy especial- mente el Conde de Toreno, opinan que no, y así lo acuerdan las Cortes. El Ateneo, Sociedad Patriótica, empieza ya a separarse de sus congéneres, aunque habrá alguna de carácter muy parecido, como la de la calle Jardines, que no sobrevivirá el colapso de 1823. Gracias a un balance de lo realizado hasta la fe- cha, nos enteramos de que en octubre de 1821 el Ate- neo tiene 95 socios, de los cuales han disertado Félix Cavada sobre "Memoria físico-geográfica de Santan- der", Mariano Lagasca de Botánica, Joaquín Fleix ha leído una representación contra la introducción de teji- dos ingleses de algodón, José Joaquín de Mora su tra- ducción de los Consejos de Bentham a las Cortes, Santiago Jonama ha hablado de los jueces de hecho, Antonio Tenreyro un discurso en favor de los napolita- nos -atacados por la Santa Alianza- José Guerrero de 9 Torres: Francia bajo la asamblea legislativa -texto que sentimos no poseer, porque es muy importante el es- tudio de las ideas españolas sobre la Revolución Francesa- Manuel Flores Calderón, sobre la primera educación, Manuel Cabiedes sobre Gramática, y Juan Pedro Daguerre sobre las buenas costumbres. Se han abierto las siguientes cátedras: alemán, Manuel Ramajo; inglés, Antonio Garrido; francés, Cris- tóbal Garrido; cuenta y razón, Santiago Jonama; dere- cho natural, José Joaquín de Mora; matemáticas, Mar- tín Foronda, economía política, Casimiro Orense y Ma- nuel Flores Calderón; taquigrafía, Manuel Varinaga; historia, Francisco José de Fabra; Derecho público constitucional, Faustino Rodríguez Monroy. Y se van a abrir las de Griego, Saturnino Lozano y Velasco; Fisio- logía aplicada a la moral, Antonio Fernández Vallejo, quien más tarde hablará también de ideología; Física, Saturnino Montojo aunque al principio la regentará Juan Mieg; Armonía, Mariano Rodríguez de Ledesma (músico, antiguo profesor de canto de la princesa Car- lota, hija de Jorge IV de Inglaterra). La Biblioteca posee las Obras Completas de Rous- seau, Mably, Fontenelle, Marmontel, Diderot y Mon- tesquieu, y un gabinete de lectura con los mejores pe- riódicos nacionales y extranjeros. Típico de la época, el autor de este informe, Manuel de Parga, es un te- niente supernumerario de infantería. Medio año más tarde, en abril de 1822, un artículo inserto en la Gaceta de Madrid pide -indirectamente- protección al Gobierno, alaba la "policía y urbanidad" con que se llevan las discusiones "en este recinto de la buena crianza y de la sensatez", y enumera las ta- reas urgentes a que se están aplicando: elección y formación de una biblioteca elemental de Ciencias na- turales, un dictamen sobre los medios de pacificación de nuestras Américas, y un proyecto de ley sanitaria. Funcionan diez cátedras, que están abiertas a unos 500 discípulos no socios. Las cátedras, con los discí- 10 pulos que las atienden, son las siguientes: Matemáticas puras..............................45 Mecánica elemental......................no consta Física........................................105 Fisiología aplicada a la moral e ideología.....45 Derecho público constitucional.................40 Historia y Geografía...........................30 Griego.........................................24 Inglés.........................................35 Francés........................................35 Italiano.......................................42 Se ha cerrado la cátedra de alemán por falta de discípulos. Más tarde Alberto Lista dará unas leccio- nes de Literatura española, alternándolas con las del Colegio de S. Mateo. El Ateneo ha invertido 121.540 reales en pago de casa, muebles, libros y papeles; 16.500 reales en so- corro de los atacados por la epidemia de Barcelona y Mallorca y 12.826 en formar un gabinete de Física, el cual consta ya de las principales máquinas para la en- señanza de esta ciencia. El artículo de la Gaceta concluye que sería de de- sear que el Ateneo fuese imitado en todas las provin- cias, para que así cada capital tuviese una universi- dad, sin aumento de los gastos del Erario público. (Ga- ceta de Madrid, n.º 119, 17 abril, 1822). Se adivina aquí la herencia ilustrada, la Sociedad Económica Ma- tritense y las demás. Será precisamente la Matritense la que dará nacimiento al segundo Ateneo. En sep- tiembre de 1821 anunciaba Talavera de la Reina su in- tención de seguir la pauta marcada por el Ateneo de Madrid. El Ateneo hizo también unas Observaciones al proyecto de Código Penal, que remitió a las Cortes, para su estudio, junto a los informes que mandaban Audiencias, Tribunales y corporaciones. 11 La contrarrevolución, con victoria popular, del 7 de julio de 1822 reverdeció en el Ateneo sus orígenes de sociedad patriótica. Recibió una felicitación de un centro similar portugués, la titulada Sociedad patrióti- ca del Gabinete de Minerva, radicada en Lisboa, en la que exaltando las dos revoluciones, decían los lisboe- tas que "Las sociedades patrióticas son parte muy princi- pal de la coligación defensora de la constitución. Por- tugal, que a ejemplo vuestro no tardó en seguir las huellas de la libertad, cuando la antorcha encendida en vuestra patria mostró a los peninsulares el cambio de la gloria por tantos tiempos desconocido, se halla- ba habitado de fieras, tigres, déspotas sedientos de sangre, fanáticos e inquisidores; y reconociendo la necesidad de reuniones patrióticas que vigilasen so- bre la conservación del precioso tesoro de la libertad, instituyó muchas de ellas que se hallan dispuestas a sofocar el monstruo que tanto tiempo nos hizo gemir en cadenas", para luego invitar a los españoles al heroísmo: "tenemos en cada español y portugués hé- roes que en defensa de la patria y de la constitución sacrificarán su vida y su propiedad; y que preferirán ver la patria reducida a cenizas antes que arrastrar con semblantes macilentos delante de los déspotas los pesados grillos y afrentosas cadenas de la escla- vitud". La respuesta del Ateneo no era tan marcial. Rendía homenaje a los portugueses por el espíritu de su misi- va, pero se mostraba más confiado respecto de la si- tuación política: "El término a que tanto los españoles como los portugueses nos dirigimos es el afianza- miento de una constitución, porque en ella estriba la libertad política y civil y la prosperidad de las dos na- ciones"... "mientras en una y otra nación gobiernen los mismos principios y los mismos sentimientos, nin- guna fuerza será bastante para trastornar la grande obra que cada una ha formado para asegurar su felici- 12 dad". Afirmaba, a continuación, su confianza en el po- der de la razón, y, por tanto, en el de su propio institu- to. "Para amar la libertad no es menester más que co- nocerla", y por ello "Virtud,... e ilustración son los me- dios poderosos e infalibles con que se aterra el des- potismo y se mantiene la libertad". El Ateneo se dió un nuevo Reglamento el 20 de ju- lio de 1822. El Ateneo, en septiembre de 1822, se mostraba sa- tisfecho de la obra realizada: "El Ateneo se persuade con satisfacción de que sus tareas no han sido infruc- tuosas, y por la multitud de colaboradores que ha teni- do en la grande obra de la ilustración pública, disfruta del dulce placer de contemplar con gloria en el seno de la nación muchos varones ilustres, tanto en las le- tras como en las armas, que la infunden la más segura confianza de que serán siempre desbaratados los pla- nes que se formen, y siempre impotentes cualesquiera esfuerzos que se hagan, tanto por los enemigos inte- riores como exteriores del sistema...". En caso de ata- que exterior el Ateneo no duda de la victoria (El Uni- versal, Madrid, 20 septiembre 1822). Esta confianza iba a resultar fatal, porque apenas unos meses después los Cien Mil Hijos de San Luis iban a acabar con la libertad española, y la coetánea Vilafrancada con la portuguesa. Precisamente una de las causas a las que se atribuyó el hundimiento de la libertad peninsular fue la no cooperación entre los li- berales de ambas naciones. Pero además la creencia del Ateneo de que lo fundamental es la creación de una minoría culta se iba a revelar uno de los más gra- ves errores de la intelectualidad española en los si- glos XIX y XX. Se le podría aplicar aquella pregunta que, no sin malignidad, dirigía Pérez de Ayala a Orte- 13 ga: "¿y el piri, coci o puchero del resto de la nación?" (Ramón Pérez de Ayala: Troteras y danzaderas). Con la caída de la libertad en 1823 desaparece el Ateneo Español -y la Sociedad de Minerva-, pero en su caída hemos tropezado con la gran interrogante histórica de España en los siglos XIX y XX. Sin necesi- dad de sacar al Ateneo de quicio, dejándolo en su si- tio, no es mal legado. Sabemos que uno de los socios, Pablo Cabrero, salvó en su casa de la Platería de Mar- tínez algunos enseres y papeles del Ateneo, hasta es- perar mejores tiempos, los cuales llegaron, como es sabido, en 1835. (El coronel Pablo Cabrero era yerno del fundador de la Real Fábrica Platería de Martínez, orgullo dieciochesco y liberal, institución hoy desapa- recida, sin haber dejado más rastro que un rótulo en el callejero madrileño. Pero gracias a Cabrero el Ateneo pudo pervivir. Hasta hoy). Alberto GIL NOVALES 14