VICENTE COLORADO. —— FUNDAMENTOS DE LA SOCIOLOGÍA Memoria leida en el Ateneo de Madrid, en la sesión inaugural de la Sección de Ciéncias morales y po- líticas, el 10 de Noviembre de 1882. CON UN PRÓLOGO DE URBANO GONZALEZ SERRANO. ——— PLASENCIA Imprenta de EL EXTREMEÑO. 1883. Al Ateneo de Madrid En testimonio de alta consideracion y respeto. EL AUTOR. PROLOGO. Es tan firme y sincera la amistad que yo profeso al Sr. Colo- rado, que no necesita sellarse dicha amistad con la prueba baladí de que entone un detirambo á su Memoria. Al darme el honroso encargo de prologarle este trabajo, no ha dejado de ser el Sr. Co- lorado hombre de verdad, que jamás llega, si acaso, más que á ca- llarla cuando no es indispensable su expresión, pero nunca á decir nada en contra de ella, máximun de tributo, que se puede pagar á las transitorias preocupaciones del mundo que nos ro- dea, y mínimum de adhesión, que debemos á los perdurables in- tereses de la justicia, según el sabio precepto del estoico moderno Kant—¿Como no há de autorizarme á mí el Sr. Colorado á decirle toda la verdad, que se me ocurra y alcance acerca de su Memo- ria? Para ello me he de descartar de un primer elogio, inevitable y justísimo, el que se refiere al estilo, con que está escrito el traba- jo del Sr. Colorado. Aparte mi incompetencia literaria, y sin emú- lar para nada los alientos castizos y elegantísimos de la pluma del Sr. Colorado, hé de declarar que la Memoria está escrita en un estilo, que seduce y enamora y por sí el lector desea prueba con- cuyente de ello, ántes de repasar las hermosas páginas del escrito del Sr. Colorado, que no fié en la incompetencia de mi juicio; pero oiga el formulado fria y desapasionadamente por el más pulcro es- tilista de nuestros dias, por el que sabe esculpir y cincelar la for- ma de todos sus escritos, por el Sr. Núñez de Arce que decia al — VI — Sr. Colorado “que estaba escrita su Memoria en un castellano her- moso y con un estilo envidiable”. Tomemos pues la autoridad del señor Núñez de Arce por respetable y consagrada, pues tiene has- ta la sanción oficial de que pertenece á la Academia, y pasamos á otro asunto, al fondo doctrinal del trabajo del Sr. Colorado. Antes de entrar en materia y grosso modo ó en crudo, cómo se dice ahora, hé da advertir al Sr. Colorado, tan decidido partidario del positivismo moderno, que se olvida de un pensamiento profun- do y de gran interés de un positivista como Lange. Dice este en su Historia del Materialismo “tened en cuenta que si el mundo es una síntesis, la Ciencia es un análisis.” Hubiera mi amigo meditado este aforismo incuestionable y por ende habría logrado no dejarse llevar tanto y tan escesivamente de esas síntesis, que más que atrevidas, esceden y rebasan los limites del campo de la hipotésis para tocar en los linderos del soñador Idealismo. Comprobación práctica de que en el campo del error (y la Lógica del error es más inflexible que las leyes de la Balística) los extremos se tocan. No se me oculta, y por ello uno indivisamente á la censura el elogio, que entra por mucho en la manera de discurrir del Sr. Colorado su carácter personal, que es de los fundidos en bronce y apto, más que para la disquisición laboriosa de los distingos científicos, para la explosión de concepciones hechas de una pieza, que por esto aparece en su pensamiento y en sus escritos, al lado del hombre convencido, el sectario, que gusta de la lucha extre- . mada y de la contradicion completa y no le seduce poner el punto á la i, según se dice usualmente, en estos grandes horizontes, que su razón, y cuando nó, su fantasía entreven, quizá en la penum- bra y proyectan, por una infantil ilusión, cuál imagén totalmente iluminada. No está nó justificado este salto, que el Sr. Colorado hace dar á su pensamiento, identificando lo hipotético con lo cierto y evi- dente. El que á la par que pensador es poeta y poeta de veras, de los que sienten lo que escribe, poeta de carne y hueso, el que re- mueve, cuál buzo del mundo interior, pasiones y afectos y ver- dades y presunciones, no debe de ningún modo olvidar que la inte- ligencia humana, ante ese prisma de infinitas caras, que se llama la realídad, más semeja espacio parcialmente iluminado, que foco — VII — inextinguible de luz y verdad. Y en ese espacio iluminado, con luz refulgente (la verdad sabida), con luz tenue y opaca (la ver- dad recibida ó impuesta) con penumbras (los presentimientos) con sombras (la duda) y con tinieblas (la ignorancia) existe un hori- zonte visible que no es fijo, por que tiene un mas allá indefinido, cercano y á la vez próximo, que incita al pensamiento, que seduce la sensibilidad, que mueve la voluntadr que embarga todas las potencias y nó autoriza nunca á echar por el camino de en me- dio, cortando más que resolviendo las dificultades. Este largo pre- ámbulo va dirigido á censurar lo apodíctico y absoluto de las con- sideraciones, en que pretende fundar el Sr. Colorado su creencia, su convicción de que la racionalidad es un grado evolutivo de la animalidad. Parece haber presenciado, ¡tan á lo vivo le describe!, el Sr. Co- lorado el tránsito del animal al hombre, cuando el origen del in- dividuo humano, históricamente examinado, es de suyo problema insoluble y los datos, que á él se aportan, insuficientes para for- mular inducciones más ó menos audaces, y filosóficamente conside- rado es problema de una tan amplia complejidad que no hé de pre- tender yó ni siquiera bosquejar la multiplicidad de elementos, factores y causas concomitantes, que á él deben coincidir. Aparte esta censura, que para mí es la más grave que tengo que dirigir al trabajo del Sr. Colorado, solo hallo plácemes y elo- gio para el pensamiento capital, que informa su disertación. O yó me engaño ó resulta que la idea madre, el alfa y la omega del pen- samiento del Sr. Colorado está en lo que sintéticamente pudiéra- mos denominar el Humanismo, criterio, aplicado por el gran Pro- udhon hasta á aquello que se opone, aún en su desinencia, á lo hu- mano, aplicado á la crítica y juicio de las Religiones, cuando dice, con cierta aparente paradoja, pero con un alto sentido, “que nada existe para él más respetable en religión que lo que tiene la cre- encia de humano.» Este Humanismo, del cuál es fiel expresión la última frase de la Memoria del Sr. Colorado, aplicado especificamente al tema, lleva lógica y necésariamente á explicar ó pretender explicar todo el con junto de problemas, que se agitan en la Ciencia, formada hoy de aluvión con el nombre de Sociología, por dos únicos factores; el in- — VIII —• dividuo y el medio, que al individuo circunda. A todo faltará el Sr. Colorado menos á la Lógica, con lo cual damos yá á entender anticipadamente que á esos factores se atiene única y exclusiva- mente, sin tener en cuenta para nada que con tales antecedentes no hay porque detenerse á probar que la autoridad no tiene más base que la fuerza y la obediencia no posee más impulso que la, triste necesidad. Contra estas conclusiones implicitas en una So- ciología naturalista y exclusivamente empírica, interesa afirmar que la ley de la diferenciación (nó solo la de la lucha por la exis- tencia) dota al. individuo de una iniciativa espontánea, que le so- licita é impulsa, siempre á lo mejor (si se quiere á lo más útil y conveniente) y que la ley de la integración (no sólo la mecánica de la conservación de la energía) presta al medio social, cual con- densación suprema de las fuerzas individuales, un carácter uni- tario, al cual revierten, con gravitación necesaria, múltiples y di- versas iniciativas de los individuos. Y aquella variedad, subordi- nada á esta Unidad dá de si sedimento suficiente en la cultura ge- neral para que la sociedad y lo social aparezcan siempre al pen- samiento y tomen cuerpo en el orden práctico con cierto carácter orgánico, compositivo, de anhelado ó hallado concierto, á que refe- rimos la distinción que se establece por ejemplo entre lo rutinario y uniforme de un rebaño de animales y lo orgánico y variado de una sociedad humana. Este carácter orgánico de lo social, que busca (y por esto lucha y aún oscila entre el flujo y reflujo de revoluciones y reacciones) el concierto de la variedad con la unidad ó de la autoridad con la libertad incrusta en todo problema sociológico la racionalidad y por ende la Justicia, Divinidad inmanente en el mundo que diría Proudhon. No es concebible la Justicia, tomada .en este sentido genéricamente comprensivo, cuál tipo estático de la mente divina, que pudiera imaginar Platón, ó como hipostásis inalterable de un filósofo alejandrino, sino como principio dinámico, que se realiza parcialmente en las series progresivas de adiciones y resultados positivos, que se pintan en el gran sedimento de la cultura huma- na, agente más importante de lo que á primera vista parece en to- do problema sociológico. No le interesaba por si pronto al Sr Colorado, dentro del sen- — IX — tido crítico y positivo que fertiliza y fecunda su pensamiento, ha- cer una excursión erudita alrededor de la idea y concepto de la justicia; le hubiera bastado, á nuestro entender, (que esta facili- dad ofrecen las dificultades científicas, la de que por todas partes se vá á Roma) considerar lo justo como el principio ordenador de todas las relaciones y la base, que pondera y equilibra el conti- nuo oleaje y el incesante flujo y reflujo de las conmociones sociales. Sí hacemos especial parada en esta, que consideramos falta capital en el trabajo del Sr. Colorado, no es por pruritos de escuela, ni por alardes pedantescos de dómine, sino porque creemos que pro- cede este vacio de su trabajo de la precipitacion, con que se ha con- feccionado, ó del olvido inexplicable de factores y elementos, que, puestos por el autor en el decurso de sus razonamientos, no han sido después recogidos en conclusiones doctrinales de capital im- portancia para el caso. Cuando hemos oido leer al Sr. Colorado aquellas páginas, escritas á cincel, que, son un himno en prosa, describiendo la tierra como un ser vivo con toda la complegidad, al sér vivo inherente, fiábamos en que se hubiese emancipado del concepto mecánico, que de la sociedad se forma la Ciencia noví- sima de Spencer, Bagehot, Lange, Hartmann, y aún Strauss. Si lo orgánico rige y preside el movimiento universal del Cos- mos (como opinan Gerland, Fechner y otros) y lo inorgánico, pun- to de relativo descanso de toda fuerza, es secreción de lo orgánico, substratum amorfo, pero formable en nuevas combinaciones; si asi concibe el Sr. Colorado la vida universal, ¿como y porqué no ha acentuado este carácter orgánico de la vida social? ¿como y porqué no ha tenido en cuenta que importa á los fueros de la verdad con- siderar lo inorgánico como incrustado ya ó incorporable, mediante la tradición, al hervor continuo de la vida social? y ¿en que se funda para inducir de una resultante (lo inorgánico) cualidades para lo sociológico que deban más bien ser tomadas de la causa y principio de la vida, de lo orgánico? Estas ó parecidas considera- ciones hubieran llevado al Sr. Colorado á concebir todo problema sociológico, condensado en las ideas de lo orgánico y de lo racio- nal, inducciones tan legitimas por lo menos como la de la lucha por la existencia y la de la conservación de la energía. Fenóme- nos estos con carácter permanente, aunque ménos inflexibles de — X — lo que generalmente se cree, leyes, si se quiere continuas, bastan y sobran para explicar la vida instintiva, paro son insuficientes para constituir la sociología moderna; porque nunca dan de sí más que una concepción mecánica de la vida y una lucha perdurable entre fuerzas de suyo contradictorias, cuando no tienen el lastre y freno de la iniciativa espontánea, que lleva al individuo á la so- ciedad, y de la racinalidad solidaria, que se deposita en la especie ante la comunidad de vida y el enlace de intereses. Reviertan des- pués aquella y esta y graviten, por una lógica inmanente, á la as- piración continnua del espiritu colectivo, á la Justicia, principio ordenador de aquellas y todas las opuestas relaciones, en que la complejidad social se ofrece. Ocurre entonces, cual traído de la mano, como que late en el seno de estas contrapuestas relaciones, examinar el órgano de manifestación de este factor importantísimo, del cual son expre- siones más ó menos simbólicas todos los orígenes, atribuidos al poder, desde el sacerdotal fetichista hasta el de derecho divino. Ha de llamar la atencion del Sr. Colorado cómo debe llamar la de todo pensador, que se pueda razonar y discurrir siempre, acer- ca de estos delicados problemas, con cierto sabor pesimista, afir- mando de plano que el poder no tiene más origen que la fuerza; y sin embargo, que se observe que ningun poder constituido se sa- tiface con la garantia, que la fuerza la presta, y que toda autoridad desee buscar consagracion y amparo en algo, que no es la fuerza, idea viva ayer, símbolo hoy, mito mañana, sea lo que quiera. Ello es lo cierto que la consagración anhelada por todo poder, prevali- éndose de algo que no es la fuerza, constituye por sí un hecho (no una idea, ya que Positivismo respiramos todos), por demás funda- mental para que nos impida concebir mecánicamente la sociedad y la vida y sigamos mostrando siempre la altiva repugnancia, que nos inspiran el Dios Exito y el Doctrinarismo de las conve- niencias. La consagracion de todo hecho social, aunque sea engendrado por la fuerza, reside hoy en el único órgano de manifestación de criterio social, en la oponion pública reina y señora del mundo, don- de existe y no es falseada. De esta consideración surje después cual necesidad impuesta por la lógica, el examen de la manera — XI — como se puede hacer viable el impulso sintético de la opinión pú- blica, es decir, examinar, como cuestión previa porque es la que informa las demás, la cuestión política. Republicanos sinceros, de convicción y sentimiento, tenemos sin embargo, que reconocer y declarar que en España, y quizá en toda Europa, no apasionan, ni interesan (á no ser en momentos muy solamnes) las cuestiones exclusivamente formalistas de la po- lítica, quizá porque implican una condicion extrema y no una ga- rantía firme del derecho, de la libertad y de los intereses sociales. No es posible sin más prescindir de la política, pues de ella se hacen solidarios los intereses y sentimientos de un pais. Lo que importa es que la política cree y ampare intereses, que, legitima- dos después en la vida social, constituyan núcleos de fuerza en pro de las opiniones políticas. No cesará el indiferentismo político, ni terminará el descrei- miento de la opinión, sino cuando los hombres públicos se conven- zan de la necesidad imperiosa, en que todos se hallan de unir el problema político con el social, interesando á la opinión en la vi- da pública, creando intereses legítimos y despertando las dormidas energias del pais en la defensa de las aspiraciones comunes. En el sentido tradicional, doctrinario y restringido, que se ha- lla hoy en voga, se refiere solo el problema político á la organiza- ción de los poderes públicos y á la ponderación y equilibrio de sus atribuciones. Apenas si las discusiones de los presupuestos, sacri- ficados siempre á miras exclusivamente políticas, despiertan algo el interés y hacen salir al pais de su habitual indiferencia para entablar una lucha sorda entre el fisco y el contribuyente como sí muchos de los abusos, que se cometen en la exacción y cobranza de los impuestos no fueran consecuencia obligada de lo vicioso del régimen político. En su amplio y racional sentido, el problema político, sin abrazar toda la Sociología, informa toda la vida del derecho y el ejercicio de los poderes, garantizando al individuo el primero me- diante la libertad y cercenando de los segundos la arbitrariedad y el despotismo por medio da la igualdad. La distinción importan- tísima entre el poder y el derecho, base para la solución, que al- canzará en su día el debatido punto de la centralizacion, señala — XII — como fin propio del problema político hacer viable el libre organis- vio de la igualdad bajo principios de justicia. Tendencia es esta, á que solo puele dar solución la Democra- cia, todo lo conservadora y fuerte que se quiera, pero sincera y lealmente republicana, pues há de poner por obra el principio de que la fuente de todo poder (por cima del cual quedan solo el dere- cho y la justicia) y su órgano genuino de manifestacion están en la opinion pública, garantida, contra las conveniencias doctrina- rias del momento (política sólo de circunstancias), por la confian- za que deban inspirar á todo republicano el sufragio universal y el alto y recto instinto social de conservación; que se anulan indivi- duos, partidos y aún instituciones, pero jamás tiene una sociedad instintos suicidas, sin que en el fondo complegísimo de sus ener- gías encuentra remedio á sus más hondos males. Tómese en uno ú otro sentido la organización del poder (y cla- ro está que nosotros la concebimos en el segundo aspecto), resulta como regla general que el problema político precede al social, yá que el primero informa y dá los delineamientos generales, dentro de cuya órbita el segundo ha de buscar sus soluciones. Porque mientras el problema político tiene un carácter extrínseco y for- malista, es el social de fondo y de naturaleza intrinseca y real. Fáciles de señalar estas diferencias, al ménos tomando perspec- tivas generales en el órden lógico ó racional, no son obstáculo, ni óbice para que en el órden real positivo y práctico el problema polí tico y social tengan tantas y tan intimas conexiones, que á veces se presenten ambos como aspectos solidarios de una misma cues- tion y no exista siquiera la precedencia del primero respecto al se- gundo. Ambos se influyen y aún fecundan reciprocamente y á, las ve- ces se perturban y retrasan en sus parciales soluciones, pero los dos necesitan vivir en estas conexiones íntimas, de las cuáles ger- minan aspectos cada vez más complejos para probar que la realidad positiva no tolera soluciones hechas de una pieza. Son las utopias ó ideales inflexibles, concebidos de una vez, producto lógico de un pensamiento individual, pero marco dema- siado estrecho para encerrar el cuadro inmenso de este prisma de infinitas caras, que se llama la realidad. — XIII — Si las panaceas políticas, si las bienandanzas sociales, que prometian lluvias de miel y hojuelas de oro son yá fuegos fátuos, que no pueden formar convicciones sérias en los hombres políticos, si; algunos ilusos, enamorados ciegamente de una lógica falsa y aparatosa, se ven dominados por una obsesión absorventey dicta- rial; peor para ellos que olvidan cuan trabajosa es la marcha, que tiene que seguir el progreso humano y no reparan que jamás la so- ciedad puede caminar por saltos ó semejarse á masa informe de blanda cara, que encaje, á capricho de cualquier reformista adve- nedizo, dentro del marco, que haya previamente delineado una imaginación más febril que revolucionaria. El problema político y social se complementan y no es posible prescindir del uno para dar preferencia al otro, error, en que cae el partido obrero al menospreciar los partidos políticos y dar al viento como protesta guerrera sus aspiraciones al colectivismo de la riqueza. Si no existieran (que si existen) consideraciones racionales, que se oponen al abismo que se quiere establecer entre la organización política y las bases sociales, en que, descansan el poder, la propie- dad y la riqueza, seria cumplida justificacion de la solidaridad, que siempre há habido entre el problema político y el social, la histo- ria, que con sus grandes enseñanzas advierte á unos y otros la complegidad de elementos, que, germinan allá en la penumbra de los primeros tiempos que se combinan en la gran química social y que fructifican en el drama de la vida, sin seguir nunca el desar- rollo del progreso humano aquellas diferenciaciones, análisis, di- visiones y subclasificaciones, que pueden enamorar de momento al que solo observa un aspecto de los muchos, en que se presenta la complegidad de la realidad positiva. A las grandes síntesis (frase favorita del malogrado Moreno Nieto) hay que referir las gestaciones fructíferas del progreso en la organización social y es- tas síntesis se preparan, prosperan y adquieren carta de naturale- za en la realidad y en la vida más que por la fuerza de la abstra- cion y del análisis, más que por la oposición intelectual de una Utopía ó un ideal, por la suma, ponderación y equilibrio de todos aquellos gérmenes, que han venido trabajando el estado, en que se encuentra la misma organización social. — XIV — Así es que ni la realidad ni la historia ofrecen los problemas en la prixtina simplicidad y en la aparente sencillez, conque pue- da concebirlos el pensador ó el reformista en lo abstruso de sus especulaciones, ideadas casi siempre en la soledad del gabinete y del estudio y fuera de aquél hervor de vida y de aquella perspicacia y penetrante observación, que dá al hombre de Estado su certero golpe de vista. Más que en la miopía, en la ceguera habrá de caer el que pre- tenda que puede resolverse el problema social, aislándole ó sepa- rándole del político, puesto que nunca ha existido entre ambos se- mejante separación ó aislamiento. Sin hacer referencia á hechos históricos, de todos conocidos, en las luchas y guerras sociales de patricios y plebeyos en Roma, ni á los disturbios de igual carácter en la Edad Media y dejando aparte las tímidas, pero significativas y trascendentales reformas sociales, que há dado de si el nuavo régimen político, que arranca de la Revolucion francesa; bien, merecen citarse, yá que son más cercanos á nosotros, ejemplos como los de Napoleon III y Bis- marck, que acogieron y aún dieron calor y vida á las aspiraciones socialistas con fin marcadamente político, mientras que Gambetta entienda que no exista el problema social, sino cuestiones sociales, que se resuelven en otras tantas cuestiones políticas. Parece de momento que pierde y aún se malogra el problema social, confundido con el político, y asi há sucedido en efecto con las miras ambiciosas é interesadas, que persiguieron Napoleon III y Bismarck, miras exclusivas de dominación y mando, que han servido de pretesto y causa ocasional para que el partido interna- cionalista y obrero convierta en dogma su indiferencia y aparta- miento de la vida política. Pero sí estos ensayos de socialismo autoritario, puestos por obra con insigne mala fé por el último emperador frances y por el actual Canciller alemán, se han malo- grado; tambien es cierto que el problema social há ganado, am- pliando sus miras y extendiendo sus aspiraciones, pues de proble- ma exclusivamente económico ó de la miseria se ha convertido en problema general, del cual brotan términos comprensivos de toda una nueva organización social, que si comienza, como debe co- menzar, por la educacion, termina, indicando sus soluciones en la — XV — ponderación y equilibrio de todas las fuerzas y energías sociales. Fórmula definitiva de estas aspiraciones apenas sí puede indi- carse en el órden especulativo ó racional, ¡que mucho que en la práctica los ensayos, intentos y esbozos se malogren! Lejos de fiar en la sociología moderna, algo tocada de un sentido por demás es- trecho, no solo en métodos y procedimientos, sino en linea y ten- dencias, recojamos todos los datos que la perspicuidad de sus ob- servaciones ofrece, pero consignemos puntos, que interesan muy mucho para no precipitar el pensamiento y comprometer los altos intareses de la verdad, y entre ellos, que, bajo una aparente y se- ductora simplicidad, el problema es por demás complejo; que la realidad es menos homogenea de lo que á primera vista parece; que la lucha por la existencia de parte del individuo y la conser- vacion de la energía en la especia explican la vida instintiva, pe- ro no dan razon de la vida social, cuyos complejísimos resortes no son susceptibles de una receta ó panacea universal; que la libertad y la vida sólo se merecen en cuanto se conquistan diariamente y que el destino del hombre, como dice Fausto, no está realizado sino qua está continuamente realizándose. Lo que vá realizado, incor- porado viene á nosotros por la ley de la herencia y de la conserva- cion de la energía; lo que de ese mismo destino resta por realizar busquémoslo en la espontaneidad y racionalidad de nuestras ener- gaís, y nó en auxilios extraños. Sigamos, pues el impulso, que audazmente imprime á su pensamiento el Sr. Colorado y conclu- yamos con la frase de sentido apocalíptico del gran visionario, á la par que certero realista V. Hugo “la salvación del hombre está en el Oriente, nó en el Poniente del horizonte racional.” U. GONZALEZ SERRANO.   Noviembre de 1882. FUNDAMENTOS DE LA SOCIOLOGÍA. I. CARÁCTERES DE LA CIENCIA. No por vano precepto ó artificio del discurso, sino por desprenderse así de las condiciones y circunstan- cias de las cosas, debo decir, que el puesto con que me habéis distinguido, y que á vuestra dignación debo, escede en muy mucho á mis merecimientos y faculta- des. Hay hombres que honran los puestos que ocupan por elevados que estos sean; todos vosotros perte- necéis á ese número. Hay otros, por el contrario, á quienes honran las cargos que desempeñan, y yo soy uno de ellos. Esto que mas debiera confundirme es lo que más me enorgullece; pues como el hombre acaudalado por sus mayores vive y malgasta su cuantiosa fortuna sin conocer las necesidades y privaciones de la vida que tanto la evaloran, vosotros no conocéis como yo co- nozco la satisfaccion tan honda y tan profunda de que en este instante me siento poseído al verme en mi — 2 — humildad elevado por los que son maestros de la ciencia y en el arte, á este sitio por el cual pasaron otros á quienes todos hoy admiramos después de ilustrados con vuestro ejemplo y con vuestras enseñan- zas. Y este honor que me otorgais y esta satisfaccion que siento más se acrecientan y á mis ambiciones supe- ran, cuando al volver los ojos veo á mi lado, ocupan- do la silla presidencial, al primero y más querido de todos mis afectos. (°) No esperéis encontrar en mi trabajo las interesan- tes y curiosas disquisiciones ni el rico caudal de eru- dición á que en casos semejantes estais acostumbra- dos. No por soberbia, sino por natural condición y temperamento y por incorrejible escepticismo al que no puedo sustraerme, tengo para mí que el ideal de la ciencia tradicional é histórica, así en sus procedimien- tos como en el objeto y fin que se propone, es, no obstante su variedad de formas y asuntos, su divergen- cia de opiniones y tendencias, cosa sin realidad algu- na, pura abstracción del entendimiento, cuyas hondas raices ocultas en un pasado remoto, traen hasta nues- tros días la savia de viejas preocupaciones, de antiquí- simos absurdos, de errores sin cuento y de aberra- ciones sin número.. Para que las ciencias progresen y tengan vida y originalidad propias, necesitan estar en contacto per- manente con la realidad, y que los hombres que á la ciencia y al arte se consagran piensen más y sepan menos. Ved el arte literario en nuestra España, pseudo- clásico durante toda la Edad media, cuando rompe con la tradición y se inspira en el medio ambiente ———— (°) D. Urbano Gonzalez Serrano. — 3 — que le rodea, se sobrepone al arte erudito y crea el Romancero, el Teatro y el Quijote, sin antecedentes ni ejemplo en la líteraturas anteriores. El campo del saber es de esta suerte más limi- tado, la verdad mas relativa, mas imperfecto el cono- cimiento, y esto es precisamente lo que constituye su más firme garantía, pues, la verdad, si ha de serlo, tiene que adaptarse á la naturaleza del hombre y ser como este limitada, imperfecta y relativa. Pasaron para no volver los tiempos en que la cien- cia y el arte eran á lo sumo una leyenda poética pro- ducto de la genialidad de una raza, del carácter de un pueblo ó del espíritu esclusivista de una nacionalidad; leyenda en la cual todo revuelto y confundido, sin ór- den ni concierto, sin método ni sistema, aparecían lo natural mezclado con lo maravilloso, el ideal confun- dido con el hecho, el milagro al lado del fenómeno y unido lo divino con lo humano. Y como esta leyenda poètica que nos legaron los primeros pueblos, vá extinguièndose tambien la leyen- da metafísica que nos ha legado la ociosidad y la bar- barie de la Edad media, y en la cual han colaborado á la vez, buscando lo absoluto y lo inmutable de las cosas, la razón con sus especulaciones, la fantasìa con sus desvarìos, el entendimiento con sus sofismas y la ima- jinacion con sus ensueños. La ciencia y el arte en nuestros dias han tomado un carácter más positivo; son esencialmente naturalis- tas y humanas, miran y parten de la realidad, y en la realidad se inspiran mediante la observación, y en la realidad rectifican ò comprueban el conocimiento ad- quirido mediante la esperiencia. Pero si nuestro conocimiento es imperfecto y limi- tado, es tambien progresivo; es decir que sobre lo que — 4 — hoy conocemos podemos afirmar que hay algo que maña- na llegaremos á conocer; pero siendo nuestro cono- cimiento progresivo, esta cualidad suya nos revela que ha de ser en todo tiempo limitado é imperfecto, por- que si el límite desapareciera el progreso habría termi- nado; y por tanto, podemos asegurar tambien que sobre lo que hoy conocemos y lo que mañana llegare- mos á conocer hay algo que siempre nos será descono- cido. ¡Ah, por esto han arraigado, arraigan y arraiga- rán en las conciencias sencillas, generosas é impacien- tes de saber, los absurdos teológicos y las abstracio- nes metafísicas. Dados estos antecedentes, los cuales han de servir de fundamento é mis Investigaciones, teniendo en cuen- ta la extensión y novedad del asunto y mi natural insu- ficiencia, paso desde luego á desarrollar y someter á vuestra consideración el tema llamado à debatirse en el presente curso, recomendándome de antemano a la benevolencia del Ateneo. ....................... II. LEYES DE LA SOCIOLOGÍA. ¿Son suficientes, dice el tema, el principio de la conservación de la energia en el organismo social y la ley de la lucha por la existencia en el individuo para constituir la sociología moderna? Como veis, se trata de inquirir los fundamentos de la ciencia social, dándonos el tema apriori dos térmi- nos de la cuestion que se pretende resolver, los cuales, si bien los estimo de grande importancia en la solu- cion del problema, los juzgo al propio tiempo deficien- tes; pues la persistencia de la energía en el organismo social, causa que produce la lucha por la existencia, es efecto á su vez de un término superior, causa y prin- cipio tambien, en virtud del cual la energia del organis- mo social determina la lucha por la existencia. La sociologìa es ciencia que tiene por objeto el co- nocimiento de la sociedad, la cual no es una suma ó conjunto indefinido de individualidades, uniforme y ruti- nariamente agrupadas, sino un organismo de séres, en cuanto tienen algo común que establece su unidad, y — 6 — algo individual y característico que determina la varie- dad. La raza, el Estado, la familia y el individuo son los elementos originales de esta variedad, y la socie- dad es la unidad dentro de la cual se mueven aquellos varios elementos. Si cualquiera Individuo, en sí mismo, tiene algo que es esencial y común á todos los demás individuos, y nosotros logramos consignar lo que esto sea, ten- dremos la base primordial de nuestro trabajo y el punto de partida de nuestras investigaciones. Señores, nada más sencillo que la verdad; los más fáciles problemas de la ciencia, las verdades más elemen- tales y los conocimientos más pueriles, cuando, por un vi- cio de educación ó de instruccion, tratamos de buscarlos y resolverlos fuera de nosotros mismos, adquieren pro- porciones desmedidas, presentan obstáculos invencibles y quedan como cosa vaga y misteriosa, superior á nuestra inteligencia, que tan sólo la fé puede compren- der y esplicar; y, por el contrario, cuando los más os- curos problemas de la ciencia, las ideas más abstrusas y los conocimientos más profundos los buscamos en nosotros mismos, en nuestra propia naturaleza, surge entonces claridad inusitada que todo lo alumbra y lo ilumina, y á cuya luz nuestro entendimiento, como aquel mítico Dios separó las aguas de la tierra, sepa- ra tambien la realídad de los sueños, la verdad del error y lo real y positivo de lo vago y misterioso. Es pues nuestra naturaleza fuente y comprobacion única de nuestro conocimiento, de tal suerte, que re- ligion que á nuestra naturaleza no se adapte es falsa, organismo político que á ella no corresponda es absur- do, y familia que conforme á nuestra naturaleza no se constituya es y será siempre causa de perturbación y de inmoralidad en las sociedades. — 7 — Y siendo nuestra naturaleza fuente y comproba- cion única de nuestro conocimiento, dicho se está que aquello que tratábamos de inquirir esencial y comun de un individuo á otro, y en todos los individuos, lo hemos encontrado y es: nuestra propia naturaleza. Por esto el hombre tiene fines semejantes, intereses homogéneos y aspiraciones comunes que realizar y cumplir en la existencia, y como consecuencia de ello, es posible y de hecho existe la sociedad humana. El hombre, cualesquiera que sean su raza y el mo- mento histórico en que le consideremos, es esencial- mente el mismo; las diferencias que en él advertimos, no son diferencias cualitativas, sino cuantitativas, mo- mentos ó estados diversos de su desarrollo, es decir momentos y estados distintos de una misma cosa. So- lamente así se comprenden y esplican la solidaridad y comunion humanas, Es por tanto indispensable á nuestro propósito co- nocer què sea el hombre, pues en él hemos de encon- trar las leyes y fundamentos de la sociología. El hombre, mas bien que un organismo es un sis- tema de organismos, los cuales aisladamente concurren á un fin diverso, y relacionados entre sí producen la vida en el individuo, como los individuos entre sí rela- cionados producen la vida social. Los organismos parciales que constituyen el cuerpo humano son tres: el uno tiene su asiento en el tronco (regiones torácica y abdominal) y desempeña las fun- ciones de nutricion que tíenen por objeto la conserva- cion del individuo, y las de reproducion cuyo fin es la propagacion de la especie; estas funciones y este organismo llamado comunmente de la vida vegetativa, mantienen al hombre en comunicacion constante y permanente con la naturaleza en general de la que — 8 — forma parte y con la cual se halla unido y ligado como uno de tantos séres. El segundo de estos organismos reside en la cabe- za (region cerebral), y sus funciones, objeto todavía de curiosas investigaciones, producen la vida llamada afectiva, la que, en oposicion á la anterior, determina la individualidad del sér en lo que tiene de personal y característico, diferenciandole de los demás séres con perfecta y propia originalidad. El tercero de los organismos parciales que forman el cuerpo humano, y cuyos factores principales son la sensibilidad y la motilidad, es el de la vida de relacion, y se estíende y ramifica por todas partes, dividiéndose y subdividiéndose desde la cabeza al tronco y del tronco á las estremidades; uniendo en apretado haz el organismo de la vida afectiva con el de la veje- tativa; influyendo, alterando y modificando unas fun- ciones con el resultado de las otras; él, en el fondo del cuerpo humano, horada los huesos, penetra las vísce- ras, mueve los vasos, liga los músculos; vibra y produ- de el lenguaje, y, cuando al exterior se asoma, se transfigura en ojos y vé, en oidos y oye, en olfato y huele, en gusto y saborea, en tacto y todo lo toca y lo percibe. Señores, aunque imperfecta y muy imperfecta, esta descripcion de la naturaleza del hombre, es suficiente para mi objeto, en ella se encierran, como fecundos gérmenes, grandes facultades y cualidades, disposicio- nes y aptitudes, así para la vida individnal como para la vida colectiva. Pero hay más todavía; la naturaleza humana, sien- do limitada y condicionada en el espacio, y, conte- niendo en sí misma en estado de pontencialidad tan múltiples y varios elementos, nos manifiesta bien cla- — 9 — ramente, por este solo hecho, que tan limitada como se en el espacio ha de ser inagotable en el tiempo. Si estos elementos se dan en el hombre, si tiene medios para realizarlos, y está organizado de tal suerte que en su naturaleza halla los gérmenes que ha de fecundar y la manera de fecundarlos, desde luego se nos impone, antes que toda otra, como ley primera y fundamental para construir la sociología, la necesidad del hombre de realizar su naturaleza en el tiempo y en el espacio. ¿Y de que medios dispone el hombre para realizar su naturaleza? Aquí entran lógica y perfectamente los enunciados del tema. El hombre realiza su naturaleza en el tiempo y en el espacio, mediante la energía, la cual no es como algo distinto y que el hombre reciba de fuerza, sino una propiedad cengénita é inherente al hombre, en virtud de cuya propiedad va realizando todo lo que le es esencial, en actos concretos y determinados, lle- gando á ser en el tiempo todo lo que, por ser limi- tado y relativo no es en el espacio. La forma en que el hombre realiza su naturaleza es la lucha por la existencia. La lucha por la existendia nace de la misma natu- raleza del individuo, el cual, como ser limitado es á la vez una afirmacion y aun negación. Una afirma- cion en cuanto que es y lo que es se reconoce; una negacion en cuanto que el individuo no es, ni se reco- noce todo lo demás que en el mundo existe. El choque de lo que es con lo que no es, de la fuerza de la energìa individual con la resistencia que al nombre opone lo exterior y á él ajeno, y de lo que el hombre es con lo que sucesivamente va siendo y ha — 10 — de llegar á ser, determina la lucha por la existencia. He dicho que el hombre realiza su naturaleza en el tiempo y en el espacio, mediante su propia energía produciendo la lucha por la existencia, y, antes de en- trar en otro órden de ideas, fàltame considerar al hombre en relacion con el tiempo y el espacio, es decir, en relacion con el medio en que se produce, y examinar tambien el recíproco influjo que el individuo ejerce sobre el medio y el que el medio ejerce sobre el individuo. La naturaleza del hombre, fenómeno lógicamente considerada, es igual á la del planeta que habita. Este, como aquel, es individuo de una gran familia, que no otra cosa es el sistema planetario á que perte- nece, el cual, con los imnumerables que pueblan el firmamento, forman la humanidad sideral que, á seme- janza de la nuestra, perpetúa la especie mediante la renovacion del individuo. La tierra, como el hombre, fué gèrmen en el espa- cio, y embrion y feto en la nebulosa, la cual la fecundó en su seno y la arrojó de sus entrañas con los sìnto- mas y fenómenos de un verdadero alumbramìento. Como organismo, tiene la tierra un completo siste- ma hóseo formado por sus dilatadas cordilleras, capas geológicas que semejan verdaderos músculos, nérvios de fuego que por sus entrañas discurren, un sistema vascular complicadísimo por cuyas venas y arterias corre la trasparente linfa; el mar, centro de toda vida, tiene sus corrientes como el corazón humano, y, como el co- razón humano, palpita con igual ritmo en el ordenado sístoles y diástoles de sus mareas; la atmósfera es su aliento, y un fluido nervioso circula por todo su cuerpo del uno al otro polo. Como si el pensamiento guiase sus actos, posee en sü movimiento de rotacion uno de — 11 — repulsion que la dá vida y personalidad propias, y otro de atraccion que, como el amor, la encadena á los de- más astros, principalmente al sol, quien la fecunda con sus ardientes besos. La tierra, que fué gèrmen, embrion y feto, tuvo su juventud de fuego, acaso parecida á la de esos cometas que de tarde en tarde pasan por nuestro horizonte y cuya órbita inmensa es un atrevimiento y delirio de la juventud que marcha siempre sin saber á dónde; hoy quiza la tierra toca en su madurez, y, en el lejano ma- ñana, irá descarnada y escueta, sin aire para un suspi- ro, volteando sus huesos por el espacio, como esa luna que todos vemos, cadáver de un astro que vaga erran- te sin encontrar sepulcro ni reposo. El hombre aparece sobre la tierra en la época ter- ciaria, es decir, cuando toda la flora y toda la fauna habían alcanzado su más alto desarrollo. Las primeras capas fosilíferas tienen su origen en los mares llamados siluriano y devoniano, en los cuales vivieron primero una especie de zizópodos, el más ele- mental de los organismos, y dèspues crustáceos molus- cos y radiados cuyas conchas forman parte de aquellos terrenos. Tras este periodo de la época primaria, desarròllase sobre el planeta la más gigantesca vegetacion que se ha conocído y cuyo osario no es otro que los terrenos de hulla que todavía se conservan. A los gigantescos vegetales de la época primaria siguieron los disformes reptiles de la época secundaria, y más tarde, en la terciaria aparecen los grandes ma- niferos en pos de los cuales viene el hombre. Como veis hay una evolucion orgánica progresiva en la aparicion de los séres; siendo imposible la vida de los últimos sin la de los anteriores, y siempre el or- — 12 — ganismo de los anteriores ménos complejo que el de los últimos. Esto ha llevado á suponer, y los hechos han confir- mado en todas sus partes la teoría, que los séres, en la sucesion del tiempo, se han ido lentamente modifi- cando, transformando y desarrollando de tipos primiti- vos, rudimentarios é inferiores en otras formas más complicadas y perfectas hasta llegar al hombre. La prueba de esta induccion se encuentra en el or- ganismo humano. El hombre de la época terciaria, en la aparicion de los sères en la tierra, es relativamente de ayer si contamos el tiempo transcurrido desde la época tercia- ria hasta nuestros dias y comparamos este espacio de tiempo con el que media desde la aparicion de los seres orgánicos en la tierra hasta la época terciaria. Para que el ejemplo sea más vivo, comparad los - fósiles de aquellos otros que pertenecieron á los pri- meros pueblos civilizados, y veréis las grandes diferen- cias que existen en su estructura y la inmensa distan- cia que hay de uno á otro organismo. Este hecho de progresion y perfeccionamiento en el organismo del hombre, me basta para afirmar que el organismo del hombre es perfectible y progresivo, y aunque su parentesco con las especies inferiores no constase, como consta, en hechos positivos y concretos, se deduciría de esta ley de progresion y perfectibili- dad; pues, existiendo entre el hombre de los primeros pueblos históricos y el terciario tan grandes diferen- cias y distancias en la estructura de sus organismos, ó acaso más, que entre el hombre terciario y los ani- males inferiores á él más próximos, no es aventurado afirmar que el hombre terciario es un organismo per- feccionado de especies inferiores, como el hombre de — 13 — las primeras civilizaciones hístóricas es un organismo perfeccionado del hombre terciario. ¿Cómo se efectúa esta evolucion progresiva en el organismo humano? Mediante influjos y relaciones del hombre consigo mismo, de lo exterior sobre el hombre y del hombre con lo exterior. El hombre es influido: Primeramente por su propio organismo: Influye en el hombre el organismo de la vida vege- tativa como temperamento: el de la vida afectiva como carácter, y el de la vida de relacion por el hábito y la cos- tumbre. Influye en el hombre el mundo exterior: orográfica, hidrogràfica, atmosfèrica y climatològicamente. Y, en la unìon de su organismo con el mundo ex- terior, influyen en el hombre principalmente los alimen- tos. Estas influencias son las que modifican el organis- mo humano en su tendencia á la perfectibilidad, y cuyas modificaciones trasmite el individuo de generacion en generación, mediante la ley fisiológica de la herencia. Existe todavia otro elemento muy importante que, con los referidos, coopera en esta obra de la perfección humana ó del organismo humano, que ambas cosas son esencialmente las mismas. A medida que el hombre, en virtud de estas pro- piedades y cualidades suyas, vá adquiriendo nuevos elementos y auxiliares en sí mismo y con relacion á los demás individuos y al medio, en la lucha por la exis- tencia, adquiere tambien superiores ventajas sobre los séres ínferiores peor dotados que él en el combate diario por la vida, á los cuales somete y de los cuales — 14 — se sirve como de nuevos auxiliares para conseguir el fin de su propia perfectibilidad. Esta ley, conocida con el nombre de seleccion na- tural, esplica tambien por qué unas especies degeneran y desaparecen de la vida y otras se perpetúan y se perfeccionan en su desarrollo. Señores, como habreis podido observar, los prin- cipios y fundamentos de la sociología radican y parten de la naturaleza misma del hombre, el cual se halla dispuesto por su organismo para la vida y relaciones sociales. Por las funciones de nutricion (digestion, circula- cion, respiracion, etc.) forma parte del medio en que vive y renueva y desarrolla su cuerpo con los mismos elementos que le condicionan y limitan; Las funciones del cerebro cuyas ultimas manifesta- ciones positivas son el sentimiento y la voluntad le dan conciencia de su personalidad é individualidad; Y las de relacion son las que le determinan como ser activo y sensible; siendo de esta suerte, cuerpo en el espacio, individuo en el tiempo y actividad en el tiempo y en el espacio. La vida con séres de su misma especie, unidos por intereses comunes y para fines semejantes, es lo que cons- tituye y forma la sociedad, para la cual posee y dispone: De los órganos sexuales que propagan y conser- van la especie; Un aparato vocal productor de diversos sonidos los cuales utiliza como medios de expresion y comuni- cacion con los demás séres; Los sentidos, con los que percibe cuanto le rodea y descompone cuanto percibe, viendo lo que oye, to- cando lo que vé, holiendo lo que toca ó gustando lo que huele; — 15 — La imaginacion que recoje todas estas impresiones y las lleva al pensamiento mediante el cual el hombre las conoce; El sentimiento que unas veces le liga con dulcísi- mos lazos de amor y simpatía y otras le arrastra á la crueldad, impulsado por el odio ó el aborrecimiento; Y por último la voluntad, que en la vida afectiva le lleva á querer lo que ama y á pensar lo que quiere, en tanto que en la de relacion, guiado por la idea, por el sentimiento ó solamente por el instinto, se traduce en fuerza, y agita los nervios, y mueve los músculos y pone en actividad todo su cuerpo. Y todo esto, órganos y cualidades, propiedades y aptitudes, medios y fines, que constituyen la naturaleza humana, tienen una ley común: La necesidad de realizarse en el tiempo y en el espacio; Un medio de realizarse esta necesidad: La energìa; Una forma de exteriorizarse este medio: La lucha por la existencia; Y un fin que cumplir, y al cual todos estos varios elementos aislada y unidamente concurren, que es: La perfectivilidad humana. Imponéseme ahora estudiar, siguiendo el órden ló- gico de mis investigaciones, cómo el hombre ha pro- ducido históricamente su naturaleza, de qué manera se ha constituido la sociedad humana, esta última es y ha sido lo que debiera ser, y, en caso negativo, deducir con tales precedentes, y teniendo siempre en cuenta la naturaleza misma del hombre y del medio en que se de- sarrolla, lo que está llamada á ser. II. LA SOCIEDAD HISTORICA. I. El hombre animal. El hombre, no solamente desciende de organismos y especies inferiores, sino que tambien ha sido criado, educado é instruido por los animales en el largo perio- do de su infancia, el cual se conoce en la historia con el nombre de tiempos prehistóricos. Su primera sociedad la componian los grandes mamiferos de las èpocas terciaria y cuaternaria, el mammuth, el renjífero, el oso de las cavernas, el rino- ceronte de narices partídas y otros que habitaban el planeta. Vivia en estrecha comunion con ellos, imitándoles en sus costumbres, sirviéndose de sus instintos y ha- ciendo habitacion de sus madrigueras, como lo confir- ma el haberse encontrado los restos del hombre de es- ta edad en las mismas cavernas y al lado de las osa- mentas de aquellos animales. Fisiologicamente considerado su organismo víene á recabar estas conclusiones. La estructura de su cerebro, apénas desarrollado, — 18 — la estremada amplitud del tronco y la tosquedad de sus esfremidades, dicen bien claramente que el organis- mo de la vida vegetativa ò animal predominaba sobre el de relacion y el afectivo. Sus costumbres podemos deducirlas por los restos encontrados de su industria, cuyos objetos son princi- palmente armas de sílex cortadas en formas semejan- tes y parecidas á las defensas naturales de los mamí- feros, de las cuales tambien se servia y aprovechaba ordinariamente. Sus costumbres eran el resultado de su organismo que tendia antes que á todo á la propia conserva- ción; se procuraba en primer término medios de de- fensa en el ataque, y auxiliares para la lucha cuando la necesidad le impelía á buscar el alimento ó á satis- facer sus instintos; ejercitaba la caza para atender á su subsistencia y al propio tiempo habitaba las caver- nas del oso para protejer su seguridad personal. Individuo, arte, sociedad, costumbres, todo se halla constituido y formado para la vida vegetativa. (°) El hombre prehistórico tuvo tambien religion y creencias, y, como supondreis, sus creencias religiosas estaban en perfecta consonancia con su organismo y sus costumbres. En las astas del renjífero y en los dientes del ma- mumth, como pàginas de un libro sagrado, grabò la efigie de sus Dioses, que no eran otros que aquellos mismos .animales, de quienes había aprendido á bus- car el alímento, a defenderse en el ataque, á combatir con ventaja y á evitar el peligro. Que no es aventurada esta observacion lo prueba ———— (°) De haber existido teologos en aquel tiempo se hubiera de- clarado cuestion de dogma la inmortalidad de la digestion. — 19 — la repeticion de este hecho con exclusion de otro algu- no, la perfeccion con que llegó á ejecutarlo y la persistencia en hacerlo en los mismos huesos del animal y principalmente en aquellos de que más se servia en la lucha por la vida. Para el hombre prehistóríco el resto de la natura- leza pasa como inadvertido; no dibuja ni reproduce en sus obras los cuerpos celestes, ni deja en ellas rastro de los séres y de las cosas entre los cuales vive; el amor, siquiera fuese como ciego instinto, debiò abra- sar su carne, y en las horas de celo debió tambien buscar la hembra y poseerla con toda la brutalidad y desnudez de un deseo imperioso è irreflexivo; y, sin embargo, ni este ni otros afectos é impresiones lleva al arte y los perpetúa; lo que le preocupadlo que atrae su pensamiento, lo que le causa admiracion y espanto, lo que le produce temor y respeto, son aquellos mons- truosos animáles de cuyos despojos se apodera y copia en ellos con prolija fidelidad la imágen que tuvieron y que ni un punto sé aparta de su imaginacion y fanta- sía; imágen y despojos que cuidadosamente conserva mientras vive, y que le acompañan en su muerte como símbolo de su fé y reliquias de su culto. Todo está pues en armonía; el hombre, todavía en la animalidad por su organismo, toma al animal como ejemplo de vida, le copia en sus costumbres le imita en sus armas, vive en su compañia, se sirve de su ha- bitacion, utiliza sus instintos, le hace en fin su modelo y su maestro, y el escaso destello de inteligencia que posèe lo emplea en rendirle culto y admirarle. El primer Dios de la primera sociedad humana, fuè el animal. III. LA SOCIEDAD HISTORICA. II. El hombre social. Las razas comienzan con los hombres mismos, pues si bien tienen todas ellas un mismo origen y parten ,de un mismo tronco, son ramas que arrancan de diversas especies. La benignidad del clima, la fecundidad del suelo, las aptitudes individuales y las relaciones de la raza con el medio, han favorecido su desarrollo. Las edades de piedra, bronce y hierro, marcan la transicion de un estado á otro más perfecto; de la vida vegetativa á la vida de relacion. Al llegar á esta edad el cerebro del hombre ha adquirido mayor volumen, sus lìneas son más regula- res; el tronco y las estremidades màs esbeltos y flexi- bles; su organismo se encuentra ya, habituado á la po- siciòn vertical; la humanidad se emancipa de la bestia siguiendo en su desenvolvimiento las mismas fases que el individuo, en el cual, al nacer, predominan so- bre las funciones del cerebro, todavia en esbozo, las funciones mecánicas é inconscientes de la nutrición. — 22 — Este paso de la vida vegetativa á la vida de rela- cion, de la preponderancia del sistema granular sobre el sistema vascular en el cuerpo humano, van a ofre- cer nuevos y variados aspectos en la existencia indi- vidual y colectiva, á abrir otros caminos á su actividad, y á descubrir horizontes hasta entonces ignorados en su existencia El hombre con su organismo cerebral ó afectivo, hubiera vivido en sí mismo unicamente; con sólo el ve- getativo, hubiera existido para la naturaleza; con el de relacion, crea la sociedad y vive y existe en comunion directa é inmediata con sus semejantes. Es preciso no olvidar estos diversos aspectos de la naturaleza humana, los cuales, con las leyes y propie- dades que he designado antes determinar de una manera clara y concluyente los fundamentos esenciales, y por tanto necesarios, para construir la ciencia social ó la sociologìa. Comienza pues la sociedad humana, á partir del momento en que el organismo de la vida de relacion se sobrepone al vegetativo. He dicho al tratar de las funciones y propiedades de cada uno de los tres organismos parciales que for- man el cuerpo humano, que en el de relacion se dan como factores principales la sensibilidad y la motilidad, las cuales, con efecto, son base y partida de todas las primeras civilizaciones así en su constitucion interna como en su manifestacion exterior, en su fondo como en su forma. La impresion que en el hombre produce la pura percepcion de los fenómenos de la naturaleza crea el mundo moral, mundo de fantasía y de imaginacion, con apariencia de verdad y sin realidad positiva algu- na, en tanto que la actividad, la fuerza y la energia, — 23 — que emanan de la motilidad, fundan las relaciones so- ciales y la sociedad. La primera de estas esferas supone el influjo del medio sobre el individuo y la segunda el imperio del hombre sobre el medio. Considerémosle producièndose en estos dos distin- tos aspectos del organismo de la vida de relacion. Imaginaos al hombre saliendo de la animalidad; sus sentidos han alcanzado una perfeccion considerable; posée una sensibilidad esquisita; se mueve libremente en todas direcciones, sirviendose de sus músculos con agilidad y destreza; las impresiones le acosan por to- das partes; por vez primera se pone en comunicación directa, como ser reflexivo, con el medio exterior en que vive; sus ojos no se sacian de mirar; las armonias, de la naturaleza le suspenden y cautivan; las aromáticas plantas y los sabrosos frutos le enamoran y atraen, y, cuando tiende sus manos y entre sus dedos abarca lo que arrobando el sentido moviò á la voluntad á su po- sesion y goce, la impresion que el tacto le produce, circula por todo su cuerpo transformada en penetrante calofrío. Los que desde la niñez asistimos à este despertar de la vida en medio de una tan grande civilizacion como la que alcanzamos, rodeados de personas cultas y sa- bias que nos inician, sin darnos cuenta de ello, en los misterios de la naturaleza, no podemos comprender fiel y exactamente, ni por un esfuerzo de imaginacion siquiera, cuales serían los pensamientos de aquel hom- bre que todo lo ìgnoraba en frente de tan esplèndida y maravillosa naturaleza; cuáles los sentimientos que en él producirian sus sobrenaturales fenómenos; y las dramáticas y accidentadas escenas á que darian lugar su inesperiencia y falta de costumbre. — 24 — Transportaos á aquellos tiempos y considerad á este hombre, en tales condiciones, frente á frente del mundo y de sí mismo. Los hechos más insignificantes, y en los cuales no- sotros no paramos mientes ni damos importancia algu- na, fueron para él manantial fecundo é inagotable de sorpresas y portentos. Todos sabemos que el agua, buscando su equili- brio, produce el moviento y la corriente. Ved al hombre de los primeros tiempos históricos en presencia de tan sencillísimo fenómeno. Lo que antes de todo le suspende es la imàgen del rio, la cual, confundiéndose de una parte con el leja- no horizonte, parece descender del cielo y ser el fir- mamento mismo, pues, como éste, lleva consigo el azu- lado ambiente, los astros luminosos y las ligeras nu- bes; de otra, se pierde en el accidentado paisaje como buscando las desconocidas entrañas de la tierra, á la cual fecunda por donde quiera que pasa; anda y no tiene pies; habla y no se sabe de dónde surgen sus inesplicables notas; en unos lugares yace tranquilo y sosegado; muévese dulce y blandamente en otros; aquí las fugitivas ondas se precipitan velozmente, y, más allà, en un corte del terreno, cae en ancha cascada que atruena los aires al par que convierte sus aguas en blancas è hirvientes espumas donde la luz se quiebra y descompone en matizados cambiantes. Si el rio parece venir del cielo por confundirse con el estremo horizonte, y ser el firmamento por reflejar- le en su superficie, es tambien un ser vivo à la con- templacion del hombre, con voluntad y pensamiento propios, pues á semejanza de este último, duerme y re- posa en unos sitios trás precipitada marcha para em- prender de nuevo su camino, corre después con vertigi- — 25 — nosa carrera, y, cuando de lo alto se precipita y cae, cual si sintiera el dolor del golpe, quéjase de él en ina- cabable grito. No menos le impresiona y conmueve la reproduc- cion en aquel abismo sin aparente fondo, de la imágen de quien lo mira. ¡Incomparable magia, inconcebible, hechizo y tenta- dor sortilegio, que despierta en el hombre el primer impulso de su vanidad y amor propio al verse solicitado de si mismo! Pero lo que más profundamente debió sorprenderle y rendir su corazon ante aquella masa lìquida, fué, cuando rompiendo el agua la acostumbrada orilla es- parciose por los campos é invadiendo la habitacion del hombre, la miró éste subir impasible y amenazadora en torno suyo. Acaso presintiendo la trájica catástrofe trató de cal- mar su furia colmándola de dones y presentes, presen- tes y dones que el hombre estupefacto vería desapare- cer en el instante, como devorados por insaciable co- dicia, sin conseguir su objeto; quizá queriendo dete- nerla tendió sus manos, y con temor veria cual se hun- dieron en tan inmenso cuerpo como en impalpable sombra; tal vez demandándola piedad pensó abrazarla y horrorizado se abrazó á sí mismo; y cual no sería su espanto cuando al oponerla su firme resistencia se vió arrastrado por aquel ser que al tocarle se dividìa en menudísimas gotas. ¡Quién si no un Dios se apodera de nosotros sin dejarse cojer, abraza sin dejarse abrazar, y arrastra y ahoga sin que sea posible devolverle el golpe que de él recibimos! Y como este hecho, el más sencillo entre todos, hieren otros muchos su incipiente fantasía, y á cada — 26 — uno de ellos, la transfigura en un Dios, Cree en su di- vinidad, le erije un templo, le simboliza en un altar y de rodillas le adora. Sabido es que el sol es en esta edad remota el pa- dre de todos los Dioses y el Dios de todos los pueblos; los indios le llaman Indra; los egipcios Ra; Baal los pueblos del Tigris y del Eufrates; Ormurd los persas; Zeus los griegos; y los romanos Deus. El origen de la palabra Dios, del plural sánscrito Déva, raiz Div, quiere decir brillante; claridad del sol; y hoy mismo en nuestra hermosa habla castellana es- tos conceptos los espresamos con una sola voz, pues Dios y Dia son una misma palabra y tienen igual sig- nificacion, á pesar del sentido ideológico que se ha pretendido dar á la primera. Como el astro del dia, son deificados tambien los demás cuerpos y fenómenos de la naturaleza; en estos tiempos puéblanse de driadas las selvas y los bosques, de sátiros los campos, de náyades los rios y de nerei- das los mares; santificanse las labores agrícolas, princi- palmente la recoleccion y la siembra; sagrados son los misterios de la generacion y los órganos sexuales; sa- grados el fuego del hogar, el tiempo y el espacio, el cielo y la tierra, el viento y la nube, el sueño y la muerte; divinizanse asi mismo las actividades y facul- tades humanas; el valor y la destreza crean los heroes y semidioses; las funciones del cerebro son personifica- das en castas é inocentes musas; y, cuando el hombre, llegado al término de la vida, cae en el profundo sue- ño del cual no ha de despertar aquí, ni en parte al- guna, haciendo de sus despojos el más hermoso de to- dos los cultos, apodérase de ellos quien le sobrevive y como síntesis y esquema de lo que piensa y de lo que siente, de lo que cree y de lo que espera, envuelve á — 27 — aquel inanimado cuerpo entre aromáticas yerbas para que se conserve en el espacio, le aisla entre gigantes- cas piedras para que subsista en el tiempo, y á su lado coloca, con amoroso celo, pieles para que del frio se resguarde, armas para que de sus enemigos se defien- da, vino para que aplaque su sed y trigo para que sa- tisfaga su hambre. Ved, señores, nuevamente comprobado que las cre- encias religiosas del hombre son una consecuencia del del desarrollo de su organismo. En la edad prehistórica en que el vegetativo pre- domina, su culto es el animal y su sociedad todo lo que con este culto se relaciona; en la denominada primera edad histórica en que el organismo de relacion se so- brepone, como èste es todo sensibilidad y movimien- to, son sus dioses los cuerpos y fenómenos de la natu- raleza, y, cuando en su propio destino piensa, cree en la inmortalidad de su carne, de sus pasiones y de sus apetitos, de sus flaquezas y de sus amores. He considerado al hombre en su organismo de re- lacion y en el aspecto que se refiere á la sensibilidad que es uno de los factores de dicho organismo, y el cual supone el influjo del medio sobre el individuo, fáltame considerarle en aquel otro que se relaciona con la motilidad y mediante el que el individuo, influ- yendo en el medio, funda la sociedad y las relaciones sociales. He dicho que la motilidad, y el significado de la pa- labra tambien lo dice, es actividad, movimiento, fuerza y energìa; y, con afecto estas cualidades que no el amor crean y mantienen la unidad de la familia, la más elemental y primera de todas las sociedades; el que es primero en el tiempo posee la autoridad y el poder; la yusta posicion de generaciones originarias de un mismo — 28 — tronco forman la tribu para la cual son propiedad común los productos del suelo y la posesion de la mujer. La patria del hombre lo es la tierra que pisa, hoy una, otra mañana; la necesidad le empuja y marcha en direccion á otros climas, y la vída nómada y errante, pro- pia de la edad juvenil del hombre y de las sociedades, une unas tribus con otras y produce una sociedad más vasta y más compleja todavia. La ciudad, que debiera apegar al hombre á la vida sedentaria y de reposo, es una concentracion de fuer- zas y actividades que irradian en todas direcciones, produciendo como último resultados, la guerra y la conquista, la esclavitud y la casta. Como veis la sociedad es el resultado de la acti- vidad y de la fuerza, del poder y de la energía, tanto del individuo como de la colectividad, apreciacion que confirma en todos sus estremos el estudio comparado de las lenguas en la significacion virtual y directa de las palabras. Con efecto, la voz padre, en sánscrito pitar, en zendo patar, en griego patér y pater en latin, significa y quiere decir literalmente el fuerte, el que protege; familia es así mismo un derivado de la antigua raiz famel que vale tanto como esclavo y siervo; muchos de los nombres de las ciudades primitivas, y Roma entre ellas, significaban fuerza y poder; y la palabra dinastia con la cual los pueblos de Oriente designaban á sus principes ó gefes, y que los griegos tomaron del Asia y los romanos de la Grecia, quiere decir tambien poder y fuerza á un tiempo mismo. Concretando estos hechos y deduciendo sus natu- rales consecuencias, puedo desde luégo afirmar: que el hombre, como ser sensible, dominado por el medio, hubiera sido anulado por él, como lo prueban las castas — 29 — sacerdotales, principalmente la de la India, en donde, el brahman, entregado á la contemplacion y al éxta- sis, llega á deificar en el Nirvana la nada y el no ser. Pero el hombre, al par que un ser sensible, es un ser activo, y siente en sí mismo la necesidad imperiosa que le mueve á realizar su naturaleza, y, entonces, pa- ra satisfacer sus instintos, para dirijir sus pasiones, pa- ra lograr sus fines en la lucha por la existencia, no solamente se vale de su propia energía y de los medios que en su organismo encuentra y que el mundo es- terior le ofrece, sino que tambien se aprovecha del mundo imaginario creado por su fantasía, y se sirve para ello de sus mitológicos dioses y de sus fabulosas teogonías; que el hombre en esta edad, como en todas, tiene religion como la fiera tiene garras. He aqui confirmadas por los hechos mis primeras investigaciones á cerca de las leyes fundamentales de de la sociología. El hombre prehistórico, como el de las primitivas civilizaciones, aguijoneado por la necesidad realiza me- diante la energia su naturaleza y establece la sociedad produciendo la lucha por la existencia; Si la actividad, la fuerza y la energía fundan la sociedad y las relaciones sociales por medio de la violencia, la lucha por la exis- tencia se determina como oposicion y en contra de aque- llos elementos, conquistando y estableciendo á través del tiempo y en largas y dolorosas crisis, la equidad, la justicia y el derecho entre los hombres; y el mundo moral y mitológico, hijo de un accidente pasajero, cuyas múltiples causas no necesito consignar ahora, tiende, desde su aparicion à la anulacion de la socie- dad y del individuo, y solamente les es útil y favorece cuando se subordina á la actividad individual ó colecti- va y segunda el desarrollo de la energía en la lucha por — 30 — la existencia, fingiendo y consagrando para fines hu- manos á un pueblo como el elegido por Dios, á una fa- milia como descendiente de los Dioses, á un principe, como Dios ó al Dios haciéndole hombre. .............................. III. LA SOCIEDAD HISTORICA. III. El hombre cerebral. Del reciproco influjo de los dos factores del orga- nismo de la vida de relacion nacen nuevos aspectos en la existencia y sociedad humanas. La vida sensible influye en la activa como preocu- pacion, supersticion, creencia, idolatría, fé, religion, tradicion, leyenda, culto, La vida activa influye en la sensible como observa- cion, conocimiento, verdad, arte, ciencia, derecho, li- bertad, industria, Así, el culto de los cuorpos y fenómenos de la na- turaleza, dió como resultado la observacion de los mismos, de la observacion surgió el conocimiento de sus leyes y propiedades, y del conocimiento de las le- yes y propiedades de los cuerpos y fenómenos de la na- turaleza se formó la ciencia; por esto los indios con gran penetracion y acierto, llamaron á sus libros sa- grados los Vedas palabra que quiere decir la ciencia, la cual, por esta misma razón, fué largo tiempo patri- monio esclusivo de las clases sacerdotales. — 32 — El sabeismo, ó religion y culto de los astros, ha sido la primera forma de la astronomía. A medida que el sér activo influyó en el sér sensi- ble, el individuo, fisiologicamente, fuè modificando en el tiempo su organismo de relacion, el cual á su vez por la estrecha union que tiene con el afectivo, influ- yó en éste mejorándole, hasta que alcanzò tal grado de perfeccion que predominó sobre aquel, como antes el de relacion sobre el vegetativo. El cerebro en tal estado de desarrollo tendió á vi- vir á espensas de los otros dos organismos, como an- tes el de la vida de relacion prosperò á costa de aquel y del vegetativo, y éste último, en la edad prehistórica, predominó sobre el cerebral y el de relacion. Favoreciò esta nueva tendencia la naturaleza y ca- rácter del organismo cerebral y de las funciones cere- brales; pues en tanto que el vegetativo para subsistir ha menester de la renovacion y cambio con el mundo exterior, y el de relacion la comunicacion y contacto con este mismo medio, ya como sensibilidad, ya como adtividad, el organismo cerebral, más independiente que aquellos puede en cierto modo subsistir por si mismo sin comunicacion ni cambio con el mundo exterior. Esta independencia, más aparente que real, de las funciones del cerebrales, indujo à creer que el hombre, á más de cuerpo, era un alma, verdadero ser con sus tantividad propia, de naturaleza distinta y superior a la del cuerpo, que existìa con anterioridad á éste y .a el venía por no sé qué misteriosos caminos; alma ó espí- ritu que el hombre cerebral ha inmortalizado, como pudo inmortalizar el hombre prehistórico las funciones de la vida vegetativa, y el hombre de relacion inmor- talizó de hecho su propia carne sin escepcion de parte alguna. — 33 — Pensar, sentir y querer son las funciones del cere- bro, funciones de las cuales no tendriamos conciencia, aun poseyéndolas, si el organismo de relacion no nos diera materia ú objeto que las determinara; porque has- ta cuando queremos, sentimos ó pensamos algo estra- ño al mundo exterior y que el organismo de relacion parece no habernos dado, lo hacemos por oposicion, negacion ó deduccion de los objetos de conocimiento por aquel recibidos. Así, cuando yo afirmo que siento, no es porque co- cozca mi sentir, que como tal ni me es conocido ni existe, sino que llego á esta deduccion ó abstraccion convencional por el conocimiento que poseo de todos y cada uno de mis propios sentimientos. En este falso espejismo de dar realidad objetiva á las idealidades ó abstracciones del entendimiento, está fundado todo el mundo de la Edad media y gran par- te de la contemporánea. Llevando con rigurosa lógica este principio á las nociones de la sensibilidad, transmitidas por las pri- meras sociedades, fantaseadas por la leyenda y pro- fundamente arraigadas en el corazón humano por la tradición, resultò: que siendo el hombre, como espìritu, de distinta y superior naturaleza que su cuerpo, Dios, por una induccion idéntica, fué tambien de distinta y superior naturaleza que el mundo; y, como el hombre por sus funciones cerebrales, no solamente aparece en cierto modo independiente de su organismo sino que tambien le rije y altera a su albedrío, así Dios, inde- pendiente y fuera del universo, lo rije y gobierna con absoluta omnipotencia. En el órden de los conocimientos el hombre pro- cedió en la ciencia de igual suerte; y como por opo- sicion à la materia llegó a la nocion del espíritu y de lo — 34 — perecedero de su cuerpo al concepto de la inmortalidad del alma, llegó tambien, por el mismo procedimiento, de la vida temporal a la eterna, de lo relativo a lo ad- soluto, de lo limitado á lo infinito y de lo mudable á lo permanente. Aplicando estas categorías à la vida social, se ins- tituyó en primer término un gobierno espiritual, el cual de una parte emanaba y se relacionaba con Dios, y de otra ejercia imperio absoluto sobre las almas. Y, como Dios es superior al mundo y el alma su- perior al cuerpo, forzosamente el gobierno espiritual había de ser superior á todos los demás gobiernos temporales. Pero de igual modo que Dios está unido con el mundo y el mundo subordinado á Dios; y el alma está unida con el cuerpo y el cuerpo subordinado al alma, el gobierno espiritual se encuentra unido al temporal y este subordinado á aquel. He aqui esplicado de què manera surgen en la so- ciedad humana los poderes de origen divino, y los go- biernos absolutos en los pueblos. Estremando tales conclusiones vino el hombre á po- nerlo todo en esta vida ideal y abstracta, y la existen- cia real y positiva cayó en el más profundo menos- precio. El mundo fué un valle de lágrimas y amarguras; el cuerpo cárcel y prision del alma, pecado las funciones vegetativas y de relacion; el idealismo de la castidad es llevado hasta el absurdo; el ayuno, la maceracion y la vigilia, acercan al hombre á la santidad; la vida monacal, esto es, la vida lejos del mundo y de la sociedad, es la senda más segura para conseguir el perdón de haber nacido; los enemigos del alma son el mundo, la sociedad y la carne. Poseido de estas ideas hubo un hombre en — 35 — aquel tiempo que, como otros muchos, se retiró al de- sierto á borrar, con una larga vida de penitencia y de martirio, el inmenso delito de ser hombre; veia el mal en todas partes, en la naturaleza, en si mismo y en sus semejantes; la simpatìa, el afecto y el amor eran para él concupiscencia y lascivia, á los cuales opuso la inmensidad de su aislamiento; el hambre y la sed que de continuo le aquejaban, vicio y flaqueza à los que tambien resistía con la abstinencia y el ayuno; pereza el sueño y el reposo que combatiò asi mismo con sangrientas maceraciones y prolongadas vigilias; perdicion los sentidos cuyos halagos y deseos acallaba á todas horas en dolorosísimas pruebas; y eran, en fin, para él, la naturaleza y el mundo, enemigos irre- conciliables de la conciencia de los cuales sòlo podía sustraerse el hombre con la vida. Una noche, acosado por todos estos males, sintió su espíritu la tristeza de la soledad que voluntariamen- te, se habia impuesto, y, pensando en el amor que no tenia, en el agua y el pan que le faltaba, ganoso de descanso para olvidar un punto las llagas que cancera- ban su cuerpo y la fiebre que devoraba su espíritu diri- jiéndose á Dios alzó los ojos al cielo y con tal deleite se clavaron en aquella azulada página, donde á milla- res los astros resplandecían, que por un instante la ora- cion se suspendió en sus labios. Horrorizado de que tan sensual deleite hubiera de tal modo interrumpido la piadosísima plática, aquella misma noche, renunciando para siempre á las estrellas de los cielos, dobló la cabeza sobre el pecho uniéndola con un dogal á la cintura, y, encorvado hacia la tierra pasó el resto de sus dias contemplando las parduscas arenas del desierto símbolo de su origen y destino. A no haber tenido la Edad media otros elementos — 36 — de actividad y vida, la sociedad eurapea hubiera llega- do bien pronto, como la India, á su destruccion y ani- quilamiento. Pero, afortunadamente, la invasion de los pueblos del norte, contuvo estas tendencias á la inmovilidad, oponiendo á ellas sus costumbres guerreras, sus insa- ciables instintos y su actividad vertiginosa. Valientes como el hombre é inocentes como el niño, estos pueblos, en estado de barbárie todavia, única- mente codiciaban la posesion de las cosas naturales. Por esto como conquistadores fueron tan violentos y crueles, y tan dòciles en recibir la cultura y la fé de los vencidos. Gracias á ellos, la sociedad, renovada por raza tan vigorosa como vírgen, se salva y se conserva; y la or- ganizacion del feudalismo en lo que á la propiedad se refiere, y la servidumbre en lo que á la sociedad hace, si imperfectas, y deficientes reivindican y vuelven por la naturaleza y sociedad del hombre contra las inhu- manas exageraciones del espiritualismo. Cuando estas dos distintas aspiraciones llegan á encontrarse y chocan, surgen las guerras entre el Pon- tificado y el Imperio, de las cuales nacen, à pesar suyo, las nacionalidades en el órden político, la Reforma en el religioso y el Renacimiento, que traen con el arte á la vida aquel sentido pagano que hizo de la naturaleza lo que real y positivamente es; la madre de todos los dioses, de todos los héroes y de todos los hombres. Señores, estos ligerísimos rasgos, los más salientes y característicos de las edades históricas, y que entre si las diferencian con perfecta originalidad, prueban nuevamente que el individuo y la sociedad se han producido en el tiempo y en el espacio según el grado de perfeccion del organismo humano. — 37 — De donde yo deduzco que la relígion, el arte, la ciencia, las costumbres y todas las esferas de la acti- vidad, no están fuera y sobre el hombre, sino que éste las ha determinado conforme al estado de desarrollo de su naturaleza, ya considerada en sí misma, ya con relacion al medio. Que todas las esferas de la actividad, se encuentran en el organismo y son una consecuencia de éste lo confirman el estudio y la observacion de los séres in- feriores cuya vida y costumbres se hallan en relacion directa de la estructura y forma de su cuerpo .............................. IV. LA SOCIEDAD HUMANA. La variedad de la naturaleza humana en sus tres distintos aspectos parciales y el predominio de uno ó dos de ellos sobre los restantes producen las varieda- des sociales y la diversidad de civilizacion y cultura entre las razas, entre los pueblos y entre los indivi- duos. La naturaleza humana es pues el fundamento de la sociología. Pero esta variedad de la naturaleza humana y del organismo social tienen una ley comun, que es la ener- gía la cual persiste y se conserva á través de todos los tiempos y de todas las edades; ella aviva los instintos de la conservacion y de la generacion en el hombre prehistórico; establece las primeras relacio- nes sociales, acrecentándolas á medida que vá perfec- cionando el organismo de cuyas funciones es aguijon y acícate, y, cuando el hombre, por un desconocimiento de relacion de causa, á efecto, extático se detiene ante los cuerpos y fenòmenos del universo que en su igno- — 40 — rancia deifica, la energía, moviendo sus sentidos y pe- netrando en su inteligencia enlaza tantas maravillas en un solo principio y determina la ley de la gravitación universal de los cuerpos. La energía individual primero y la colectiva des- pués, fundan y perpetúan la sociedad, la cual es á su vez un organismo semejante al organismo humano. Si la sociedad está constituida por el hombre y el hombre es base de la sociedad y con él y para él se forma, la sociedad, pensando lògicamente, ha de ser ó estar constituida segun el organismo humano. El hombre, considerado en sí mismo, tiene diver- sos fines que cumplir y de cada uno de estos fines sur- gen otros tantos derechos en virtud de los cuales aque- llos se manifiestan y realizan. Como organismo vegetativo tiene de un lado: la nutricion, cuyo fin es la conservacion del individuo; de otro la reproduccion que tiene por objeto la conser- vacion de la especie. Estos dos fines del organismo vegetativo, cuya ca- racteristica es la conservacion, son los que dan al hom- bre el primero y más esencial de todos los derechos: el derecho á la vida. El organismo afectivo le determina como ser de in- teligencia y sentimiento, siendo el conocer uno de sus fines y el otro el sentir lo conocido, esto es compene- trarse y asimilarse su conocimiento; de cuyos fines nace otro derecho fundamental en el individuo: el derecho á la instruccion. El organismo de relacion hace al hombre un ser activo, mediante el cual realiza en actos concretos la naturaleza individual cuyo fin lleva consigo un tercer derecho, no ménos esencial y fundamental que los dos anteriores; el derecho á la libertad. — 41 — Orgº. Vegetº... Nutricion Derecho á la vida... Reproduccion Natª. humª Orgº. Afecº... Pensamiento Derecho á la instruccion Sentimiento Orgº. de Relacn... Sensibilidad. Derecho á la libertad Motilidad Ved pues el derecho arrancando de la naturaleza misma del hombre y estableciendo las relaciones socia- les para realizar los fines de su organismo. Como una cosa engendra su semejante, el organis- mo individual determina el organismo social, el que á su vez es un sistema de organismos parciales que ejer- — 42 — cen diversas funciones, las cuales, unida y separada- mente, tienen un mismo fin. El fin del organismo social es protejer el desarrollo de los fines individuales. Este concepto, que yo racionalmente deduzco de la observacion de la naturaleza humana, es, desgracia- damente, todavía un ideal en las sociedades modernas. El hombre tiene derecho á la vida, a la instrucción y á la libertad, pero, ni estos derechos esenciales y primeros, ni otros que de estos se derivan, han sido realizados por el individuo ni respetados por la sociedad en tiempo alguno en toda su integridad y pureza. La fuerza, la crueldad y la violencia, han fundado y determinado las primeras relaciones sociales. El individuo, por una ley natural y física de su or- ganismo, á la par que solicitado por el medio, á tendi- do en todas ocasiones á realizar sus fines y derechos. Esta necesidad imperiosa de realizar en el tiempo y en el espacio su naturaleza, ha creado desde el pri- mer instante el conflicto, la accion y el drama de la vi- da, de individuo á individuo, de familia á familia, de raza á raza y de nacion à nación. En esta que llamamos lucha por la existencia, el fuerte ha sometido al débil, los débiles se han unido contra el fuerte y le han sometido á su vez; al interés general se ha sacrificado el interés particular, en tanto que los intereses particulares han conspirado de común acuerdo contra el interés general. Cuando ha habido transaciones de una ó ambas partes, la lucha, si no han cesado, por lo menos se ha diferido; pero cuando la resistencia ha sido tenaz y ciega, entonces el choque ha sido violento y terrible y las revoluciones políticas, sociales y religiosas han per- turbado el organismo social. — 43 — De donde se deduce que la autoridad y el poder han residido siempre en la energía colectiva ó social; en tanto que la justicia y el derecho se vienen conquistando y afirmando diariamente por el hombre en la sociedad mediante la lucha por la existencia. ¡Cuántas guerras, cuánta sangre y cuántas amar- guras ha de costar aún al hombre el derecho de ser hombre! Siendo el fin de la sociedad el favorecer el desar- rollo y cumplimiento de los fines individuales, la socie- dad, necesariamente, ha de estar organizada en armo- nía con su fin ó destino. Si la sociedad es un compuesto de individuos, y los individuos tienen fines semejantes que cumplir, la pri- mera garantía que la sociedad debe ofrecer á los indi- viduos que la constituyen para el cumplimiento de sus fines es la igualdad ante el Derecho. Naturaleza, fines, derechos, todo es homogéneo de individuo á individuo y en todos los individuos; por tanto la socìedad, que és un organismo de invidualida- des, ha de responder tambien á esta homogeneidad. Con efecto, así como la energía del organismo del hombre determina sus fines y de los fines del organis- mo humano emanan los derechos naturales, de la energia del organismo social emanan á su vez la autori- dad y el poder que han de contribuir al desarrollo de aquellos. Es, pues, la sociedad fuente y origen de todo po- der, de toda autoridad y de todo derecho. Ahora bien, si estas actividades residen en la so- ldad y ella las determina, y la sociedad es un com- puesto de individuos en ellos reside la facultad de deter- minarlas. ¿Y cómo determina la sociedad estas activídades? — 44 — La sociedad ha sido en el tiempo familia, tribu, gentes, raza, ciudad, nacion etc. y desde el predominio de un individuo sobre todos que es el despotismo, á la negacion de toda autoridad que es la anarquía, la so- ciedad se ha determinado en el transcurso de los siglos como oligarquía, teocracia, demagogia, monarquía, aristocracia, mesocracia, etc. Pero como todas estas formas ó modos de la so- ciedad, no han sido ni son formas propias y adecua- das á su naturaleza, porque, contra lo que dicen los aduladores de todos los poderes, la forma no es cosa baladí y sin importancia alguna sino que significa este- riorizacion del fondo y de la esencia y la esencia y el fondo de la sociedad no se ha exteriorizado todavia ni con las democracias aristocráticas de la antigüedad, ni con las monarquías democraticas modernas; de aqui que los individuos que componen el organismo social, bus- cando la forma adecuada en que la sociedad debe ma- nifestar sus poderes, hayan levantado en la historia an- tigua de las ruinas de la aristocrática república de Roma, el Imperio, que llevó los derechos del ciudadano romano á todas las demás provincias y pueblos de su dominio, y en nuestros días y en nuestra patria pro- clamasen, con un sentido más humano, los autores de la constitucion de 1869 los derechos individuales, la so- beranía de la nacion y el sufragio universal. La sociedad, como la especie humana es un con- junto de individuos, es una agrupacion de nacionalida- des, y la nacion en si misma considerada tiene corpo- reidad geográfica; y, como el hombre vive en relacion con los demás hombres, la nacion vive en contacto con las demás naciones, poseyendo cada una de ellas su carácter, su temperamento, sus costumbres y su idioma con perfecta originalidad é independencia. — 45 — La nación, à semejanza del individuo es tambien un sistema de organismos parciales. Constituyen el organismo de la vida vegetativa en una nación, una suma de intereses positivos, los cuales afectan á la riqueza pública y privada: el trabajo, la industria, el comercio y la propiedad son sus principales manifestaciones, y las aspiraciones, tendencias y lucha que todos estos intereses entre sí producen es lo que lla- mamos cuestiones sociales ó del órden económico, cu- yos resultados se relacionan con la salud del cuerpo social y son como la sangre de su cuerpo. Como organismo afectivo es la nacion una entidad de cultura, la cual se manifiesta mediante el arte y la ciencia. Y como ser de relacion es la nacion un organismo político, mediante el cual traduce en hechos la natura- leza del organismo social. La concrecion de la sociedad es la nacion; la con- crecion de la nacion es el Estado, última espresion de las funciones sociales, que, de la naturaleza de la so- ciedad nace, en ella se funda y en beneficio de la sociedad y de los individuos se constituye. El Estado es pues representacion de la sociedad, y, como todo lo que es formal, su valor no esta en sí mismo sino en lo que exterioriza, y si el Estado es re- presentacion y la sociedad lo que el Estado representa, es evidente que todos los poderes del Estado residen en la nacion y de ella dimanan. El error de encarnar la nacion en una familia dada, sólo ocurren en pueblos que no tienen conciencia de su personalidad, pues de otro modo no entregarian sus destinos al azar del nacimiento y de la muerte de sus principes, pudiendo hacerlo libre y reflexivamente la colectividad en toda ocasion y tiempo. — 46 — Por ser el Estado representacion de la sociedad, ésta nombra sus representantes y mediante ellos se rije y gobierna; por tanto la importancia y autoridad de los representantes del Estado no las poseen los hombres por si mismos sino por lo que representan y por lo que es representado. El Estado tiene su unidad en un determinado indi- viduo que preside, ordena y regula los diversos orga- nismos de aquel. A la manera que las funciones cerebrales producen ideas y el sentimiento las fecunda y las anima, el Esta- do posee un poder legislativo fuente del derecho so- cial el cual traduce en leyes que fecundan y animan las apasionadas controversias. Y de igual suerte que las ideas, mediante la activi- dad, se determinan en actos concretos en la vida, asi las leyes se llevan y arraigan en las costumbres me- diante el poder ejecutivo. El poder ejecutivo, el legislativo y el jefe que presi- de las actividades de estos dos poderes, son las tres formas esenciales del Estado, el cual, como esteriori- zacion que es de la sociedad se realiza y manifiesta se- gún la que constituyen el organismo social. Entre lo que la sociedad es y lo que debiera ser hay todavía grandes abismos que salvar. En los tres aspectos del problema humano que á la colectividad toca resolver, tan solo el que se refiere al organismo de la vida de relacion, esto es, al derecho del hombre a la libertad, se ha realizado en parte en nuestros dias: el que con la instruccion se relaciona vá encarnando afortunadamente en las sociedades moder- nas y arraigando en sus costumbres; pero el derecho â la vida, el primero y más esencial de todos los dere- chos humanos, el que más afecta á la sociedad y á — 47 — todos y cada uno de sus individuos, hállase en la actua- lidad en el mismo estado que se encontraban el pensa- miento antes de la Reforma y la libertad antes de la Revolucion francésa. ¿Es que el individuo, y como el individuo las socie- dades, necesitan educar su pensamiento y conquistar la libertad como preparacion indispensable para ad- quirir el derecho á la vida? ¿Por qué caprichoso contreste es y ha sido el úl- timo, el màs fundamental de todos los fines humanos? Este fenómeno social fuera suficiente por si solo para esplicar el alcance y el significado del tema que se me propone. El hombre antes que todo es un ser de naturaleza; y la más imperiosa de todas sus necesidades la de atender a su conservacion; y si el hombre es un ser de energía, y la primera de sus necesidades la conserva- cion, es indudable que desde el primer momento ha procurado realizar este fin de su organismo, el cual pre- cisamente por ser el mas esencial de todos ha sido el más disputado y combatido en todos los momentos de la historia humana ó de la humanidad. La energía social se ha impuesto al fin individual; y como de la energìa colectiva emanan la autoridad y el poder, el problema como consecuencia de esto el choque del derecho individual que tiende á realizarse . contra el poder colectivo afianzado y sostenido por los intereses ya creados; y de la justicia que los unos re- claman contra el poder que los otros poseen surge la lucha por la existencia en esta cuestion concreta. Para dulcificar esta lucha, para establecer en la tierra el reinado de la justicia y del derecho ¿de qué elementos disponen el hombre y la sociedad? ¿De los poderes personales? ¿de los gobiernos re- — 48 — presentativos? ¿de la libertad individual? ¿del apoyo ó proteccion de la colectividad? ¿de la ciencia? ó ¿del arte? No; las formas de gobierno, el organismo de los poderes públicos, la libre espontaneidad de las costum- bres, los descubrimientos de las ciencias y las maravi- llas de arte, son por sí mismos insuficientes cuando el hombre en particular y la humanidad en un grado más superior todavía, no se hallan penetrados de su natu- raleza y destino. Y no nos darà ciertamente la clave de nuestro des- tino y naturaleza aquellos aspectos sociales ni tampoco la religion, engendrada por el medio como en la edad prehistòrica; hija de la contemplacion de los cuerpos y fenómenos del mundo exterior como en las primeras civilizaciones históricas; y producto de una abstracción del entendimiento más tarde, y que siempre ha nega- do y conspirado contra la naturaleza humana. La solucion del enigma no está en ese espíritu que nadie vé, ni en esa generacion de Dioses que úni- camente se han revelado a la fé ciega y que á la luz de la razón huyen despavoridos como las sombras del dia. La solucion del enigma no está en esos círculos dan- tescos que el poeta ha recorrido en las entrañas de la tierra y en las inmensidades del cielo. La geología ha desvanecido la ciudad del eterno dolor, como el telescopio, rompiendo los limites del sentido, ha derribado con una sola mirada la fantasìa de la ciudad eterna. La solucion del enigma se encuentra en nosotros mismos; nuestro destinio es nuestra propia naturaleza; nuestra religion realízar sus fines; nuestro culto consa- grar sus derechos. El dia en que la humanidad y el individuo se penetren — 49 — de éste su solo destino, la lucha por la existencia se habrá dulcificado y la energía del hombre y de la socie- dad tendrá su más noble empleo. Educar al hombre en el conocimìento del mundo exterior y de sí mismo, fundar la familia en el amor y la sociedad en la democracia, tal es el ideal de quie- nes, como yo, creemos que debièndonos todos á una madre común que es la Naturaleza, y, manifestándose esta en múltiple variedad de séres, cada sér debe vivir según su naturaleza y conforme á ella constituirse en sociedad, y pues la sociedad humana tiene fines propios y naturales que cumplir, y la vida suprasensible nos es desconocida é ignorada, RENUNCIEMOS Á LOS DIOSES Y VIVAMOS COMO HOMBRES. .............................. Advertencia ———— Impreso este libro lejos de la residen- cia de su autor y en breve espacio, no ha sido posible la correccion de erratas como el y nosotros hubieramos deseado. El Editor.