En
la década de los años sesenta del pasado siglo
XX, el Ateneo de Madrid disponía de dos salas de
arte para su política expositiva: la Sala del Prado,
para artistas noveles, y la Sala Santa Catalina para artistas
consagrados. Ambas salas figuraban a la cabeza del panorama
madrileño del arte de vanguardia que, por aquel entonces,
trataba de acercarse con muchas dificultades a la modernidad
europea, al propio tiempo que intentaba soltar el lastre
de una cultura ramplona de post-guerra. El Ateneo tuvo una
gran influencia en los cambios artísticos que entonces
se iniciaban y que ya no habrían de parar hasta nuestra
plena incorporación a Europa, y ello fue debido al
acierto de arriesgarse con exposiciones rompedoras, inéditas
para nuestra retina, de artistas, tanto nacionales como
de otras latitudes, con trayectorias contrastadas internacionalmente,
que, ante la falta de información de lo que se estaba
haciendo fuera de nuestras fronteras, significó un
autentico revulsivo en el mundo artístico. No hay
mas que repasar los catálogos de ambas salas para
apreciar esta influencia , que el paso del tiempo ha engrandecido
aún más, si cabe. Las inauguraciones de las
exposiciones en el Ateneo levantaban gran expectación,
constituyendo no solo un acontecimiento artístico,
sino también un auténtico acontecimiento social
en el ambiente madrileño. El exponer en el Ateneo
llegó a significar un antes y un después para
las carreras de los artistas.
Yo tuve el privilegio de exponer en la Sala del Prado,
en el mes de febrero de 1966, presentado por Manolo Millares,
pintor afamado ya en aquellos años y reconocido
internacionalmente.
Mi obra de entonces estaba inmersa en los parámetros
del arte Pop, pero muy distanciada del Pop americano de
la publicidad y de los escaparates. Se trata más
bien de una pintura de corte neorrealista, con connotaciones
elocuentes de la miseria, la pobreza, la vida de necesidad.
Todo
ello a través de una materia rica en su elaboración,
pero enormemente castigada, agredida, erosionada, con
la incorporación de objetos encontrados, producto
del deshecho.
Pues bien, cuarenta y un años después, y
también en el mes de febrero, vuelvo a esta casa
a la que me siento enormemente vinculado, ya que en ella
ha transcurrido gran parte de mi juventud y de mi vida
de estudiante. Son muchas horas las vividas en el viejo
caserón de la calle del Prado enriqueciéndome
humana e intelectualmente en mi condición de ateneísta.
Pero vuelvo, cumpliendo un viejo anhelo, para exponer
mis trabajos en la mítica Sala Santa Catalina,
que sigue viva y con impulsos renovados, tratando de dar
continuidad a su rica historia.
Mi obra actual, como no podría ser de otra manera,
tiene diferencias sustanciales con la de entonces. Ha
transcurrido un tiempo bastante dilatado de historia personal
y colectiva, y en mi trayectoria artística se han
sucedido diferentes etapas respondiendo a las propias
exigencias, tanto artísticas como personales, y
a los condicionamientos inexorables del entorno socio-cultural.
Pero hay una constante que prevalece en mi pintura: una
preocupación muy marcada por centrar la expresividad
de la obra en la propia expresión del material
pictórico, y la utilización de una gama
de color asordada, rica en matices, pero dentro de una
tendencia monocroma, donde las tierras, los sienas y los
ocres predominan con el contrapunto de los verdes y los
rojos y, naturalmente, siempre cerca los blancos y los
negros.
Algunas características cabría señalar
de la actual etapa. Se trata de una obra de referencias,
no de presencias. De esquemas más que de argumentos.
Es el proceso acaecido en el tiempo lo que interesa, la
huella dejada, no la historia. Es el tiempo, en definitiva,
como protagonista.
Un tiempo que, posiblemente, en su transcurrir haya ido
dejando jirones de radicalismo, abandonando dogmatismos
huecos, y adoptando, cada vez más, criterios de
relatividad, para dar respuesta, siquiera sea por aproximación,
a las interrogantes que continuamente nos planteamos.
Francisco
Cruz de Castro
Madrid, 2007