«Es
la de Brito, una obra llena de consistencia, cuyo proceso
de realización material culmina, a modo de establecimiento
de conclusiones definitivas, un proceso previo de reflexión,
equivalente al antedicho en densidad aunque mucho más
dilatado en duración cronológica.
A lo lardo de lo llevado a efecto, cabe distinguir varios
grupos de pinturas. En primer lugar, aquellas en las que
una rigurosa estructuración geométrica-
que evoca lejanamente el cubismo espacialista de Lyonel
Feininger-ordena, sin alterar su hondo misterio, un universo
abigarrado, evocador, asimismo, de la admiración
del pintor por Wilfredo Lam y Paul Klee. En segundo lugar,
las pinturas en las que asistimos, más que a la
desintegración de la forma, a su inmersión
bajo un acorde cromático de factura minuciosa,
sometida, no obstante, a la valoración del cuadro
como totalidad. Un tercer y cuarto grupo de obras, vendrían
constituidos, respectivamente por la serie en blanco-
en la que vuelve a prevalecer el dibujo, pero dotado,
en esta ocasión, de un hierático esquematismo-,
y por una nueva serie que presenta, como materia prima,
los sacos de arpillera procedentes de lejanos y exóticos
lugares ultramarinos. Un serie, ésta última,
sobre la que Brito continúa trabajando en la actualidad,
haciendo aparecer como enigmáticos motivos del
cuadro a cada uno de los humildes pormenores de unos sacos
usados.
En este punto, parece oportuno referir que la obra del
pintor nace de un proyecto originado, a su vez, por la
fusión de unas preocupaciones tanto estilísticas
como espirituales. Es esta conjunción la que imprime
a sus cuadros un carácter de mandalas, de espacios
pictóricos definidos por y para la meditación,
reveladores de una actitud, la de Brito, próxima
a las mantenidas por Tobey, Rothko, o, incluso, Tápies,
en el sentido de incorporar a su pintura un amplísimo
interés por las más profundas formas, orientales
y occidentales, de filosofía y de trascendencia.
La pintura de Brito refleja, ante todo, esta dimensión
espiritual mediante la grandiosidad de unas imágenes
abrumadoramente serenas, dato que concuerda con su declarada
veneración hacia Piero Della Francesca. Procede
advertir, sin embargo, que es la suya una obra extraordinariamente
personal, categoría que ha conquistado el pintor
de la única manera posible: diversificando sus
fuentes de influencia, artísiticas y vitales, hasta
hacerlas prácticamente infinitas. Es una obra,
en suma, informada, desde sus mismas raíces, por
una singular consistencia y por un consciente deseo de
universalidad, una obra destinada a permanecer. Lo dijo
Cézanne, y ésta no será- ojala lo
fuera- la última ocasión en la que merezca
la pena repetirlo: de lo que se trata es de de hacer algo
sólido y durable, come el Arte de los
Museos. Mejor que de palabra, Vicente Brito ha preferido
ir demostrando de hecho su más completo acuerdo.»
EDUARDO
QUESADA DORADOR